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El poder de la palabra

Publicado May 26, 2013 por Alonzo T. Jones En El Padre y el Hijo
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Review and Herald, 20 octubre, 1896

"Porque como desciende de los cielos la lluvia, y la nieve, y no vuelve allá, sino que harta la tierra, y la hace germinar y producir, y da simiente al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié".

La tierra puede dar vegetación sólo si recibe humedad de la lluvia y la nieve. Sin ellas, todo se secaría y moriría. Tal ocurre con la vida del hombre y la palabra de Dios. Sin la palabra de Dios, la vida del hombre es tan estéril en cuanto al poder y al bien, como lo es la tierra allí donde no llueve. Pero permítase solamente que la palabra de Dios caiga sobre el corazón, como las lluvias lo hacen sobre la tierra; entonces la vida vendrá a ser fresca y embellecida con el gozo y la paz del Señor, y cargada de los frutos de justicia que proceden de Jesucristo.

Observa, no obstante, que no eres tú quien "hará lo que Yo quiero" (la voluntad de Dios); sino que es la palabra quien lo debe hacer. No se trata de que leas u oigas la palabra de Dios, y digas, ‘yo tengo que hacerlo’, o ‘yo lo haré’. Debes abrir tu corazón a esa palabra, a fin de que ella cumpla en ti la voluntad de Dios. No eres quien debe hacerlo, sino ella. La palabra de Dios misma es quien lo hará, y tú se lo has de permitir. "La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia".

En otro lugar se expresa así: "Cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la aceptasteis, no como palabra de hombres, sino según es en realidad, la palabra de Dios, que obra en vosotros los que creéis". De forma que es la palabra de Dios la que debe obrar en ti. No eres tú quien debe obrar para cumplir la palabra de Dios, sino que la palabra de Dios debe obrar en ti para hacer que tú la cumplas. "Por eso me afano, luchando con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí".

Siendo que la palabra de Dios es viviente y llena de poder, cuando se le permite obrar en la vida de alguien, actuará poderosamente. Puesto que se trata de la palabra de Dios, el poder del que está llena, no es otro que el poder de Dios; y al permitírsele actuar en la vida, se manifestará en ella la obra de Dios. Actuará poderosamente. Dios es el que en ustedes obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad. La palabra "hará lo que Yo quiero". Permíteselo.

A partir de lo dicho por las Escrituras, se deduce que debemos considerar siempre a la palabra de Dios como llevando en ella misma su cumplimiento. Esa es la gran verdad presentada por doquiera, en la Biblia. Es la gran diferencia entre la palabra de Dios y la del hombre. Es la diferencia destacada en el pasaje que dice, "Cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la aceptasteis, no como palabra de hombres, sino según es en realidad, la palabra de Dios, que obra en vosotros los que creéis".

En la palabra del hombre no hay poder para cumplir lo que dice. No importa cuál sea la habilidad del hombre para llevar a cabo lo que dice, no hay ningún poder en su misma palabra, que cumpla lo que dice. La palabra de un hombre puede expresar la realización de algo muy fácil para él, y podemos estar muy convencidos de que lo hará. No obstante, su cumplimiento depende absolutamente del hombre mismo, aparte de su palabra. No es su palabra la que obra, sino que él mismo debe hacerlo; por lo tanto, es exactamente igual que si jamás hubiese pronunciado palabra alguna. Así es la palabra del hombre.

No sucede lo mismo con la palabra de Dios. Cuando Dios pronuncia la palabra, en el mismo momento, hay en esa palabra el poder viviente para cumplir lo que esa palabra expresa. No hay la más mínima necesidad de que Dios emplee cualquier otro medio que no sea la palabra misma, para cumplir lo pronunciado. La Biblia está llena de ilustraciones al propósito, y quedaron escritas para instruirnos sobre el particular: para que consideremos la Palabra como palabra de Dios, y no como palabra del hombre; y para que la podamos recibir como lo que es en realidad, la palabra de Dios, a fin de que ella pueda obrar poderosamente en nosotros la buena voluntad de Dios.

"Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca… porque Él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió". "Por la fe entendemos que los mundos fueron formados por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve, fue hecho de lo que no se veía". En el principio, no existían para nada los mundos. Es más, ni siquiera existía la materia de la que están compuestos: No había nada. Entonces, Dios habló, y todos los mundos vinieron a existir, cada uno en su lugar.¿De dónde vinieron, pues, los mundos? Antes de hablar, no había ninguno. Cuando habló, helos ahí. ¿De dónde vinieron? ¿Qué los produjo? ¿Qué fue lo que produjo el material del que están hechos? ¿Qué los trajo a la existencia? Fue la palabra pronunciada la que creó todo. Y lo hizo porque era la palabra de Dios. Había en esa palabra la divinidad de vida y espíritu, el poder creador para hacer todo lo que la palabra decía. Así es la palabra de Dios.

"Esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada". En la Biblia, la palabra de Dios es la misma, la misma en vida, en espíritu, en poder creador, que aquella que hizo los cielos y todo el ejército de ellos. Fue Jesucristo quien pronunció la palabra en la creación; es Él quien pronuncia la palabra en la Biblia.

En el principio, la palabra que pronunció, creó los mundos; en la Biblia, la palabra que pronuncia salva y santifica el alma. En el principio, su palabra creó los cielos y la tierra; en la Biblia, su palabra crea en Cristo Jesús al hombre que recibe esa palabra. En ambos casos, y en toda la obra de Dios, es la palabra la que lo efectúa.

Permite que la palabra de Cristo more en ti abundantemente. Recíbela, no como palabra de hombre, sino como es en verdad, la palabra de Dios, que obra poderosamente en ti. Entonces, "como desciende de los cielos la lluvia, y la nieve, y no vuelve allá, sino que harta la tierra, y la hace germinar y producir, y da simiente al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié". "A vosotros es enviada la palabra de esta salud". "Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia; que es poderosa para sobreedificaros, y daros herencia con todos los santificados". 

 

 

"Porque como desciende de los cielos la lluvia, y la nieve, y no vuelve allá, sino que harta la tierra, y la hace germinar y producir, y da simiente al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié".

La tierra puede dar vegetación sólo si recibe humedad de la lluvia y la nieve. Sin ellas, todo se secaría y moriría. Tal ocurre con la vida del hombre y la palabra de Dios. Sin la palabra de Dios, la vida del hombre es tan estéril en cuanto al poder y al bien, como lo es la tierra allí donde no llueve. Pero permítase solamente que la palabra de Dios caiga sobre el corazón, como las lluvias lo hacen sobre la tierra; entonces la vida vendrá a ser fresca y embellecida con el gozo y la paz del Señor, y cargada de los frutos de justicia que proceden de Jesucristo.

Observa, no obstante, que no eres tú quien "hará lo que Yo quiero" (la voluntad de Dios); sino que es la palabra quien lo debe hacer. No se trata de que leas u oigas la palabra de Dios, y digas, ‘yo tengo que hacerlo’, o ‘yo lo haré’. Debes abrir tu corazón a esa palabra, a fin de que ella cumpla en ti la voluntad de Dios. No eres quien debe hacerlo, sino ella. La palabra de Dios misma es quien lo hará, y tú se lo has de permitir. "La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia".

En otro lugar se expresa así: "Cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la aceptasteis, no como palabra de hombres, sino según es en realidad, la palabra de Dios, que obra en vosotros los que creéis". De forma que es la palabra de Dios la que debe obrar en ti. No eres tú quien debe obrar para cumplir la palabra de Dios, sino que la palabra de Dios debe obrar en ti para hacer que tú la cumplas. "Por eso me afano, luchando con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí".

Siendo que la palabra de Dios es viviente y llena de poder, cuando se le permite obrar en la vida de alguien, actuará poderosamente. Puesto que se trata de la palabra de Dios, el poder del que está llena, no es otro que el poder de Dios; y al permitírsele actuar en la vida, se manifestará en ella la obra de Dios. Actuará poderosamente. Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad. La palabra "hará lo que Yo quiero". Permíteselo.

A partir de lo dicho por las Escrituras, se deduce que debemos considerar siempre a la palabra de Dios como llevando en ella misma su cumplimiento. Esa es la gran verdad presentada por doquiera, en la Biblia. Es la gran diferencia entre la palabra de Dios y la del hombre. Es la diferencia destacada en el pasaje que dice, "Cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la aceptasteis, no como palabra de hombres, sino según es en realidad, la palabra de Dios, que obra en vosotros los que creéis".

En la palabra del hombre no hay poder para cumplir lo que dice. No importa cuál sea la habilidad del hombre para llevar a cabo lo que dice, no hay ningún poder en su misma palabra, que cumpla lo que dice. La palabra de un hombre puede expresar la realización de algo muy fácil para él, y podemos estar muy convencidos de que lo hará. No obstante, su cumplimiento depende absolutamente del hombre mismo, aparte de su palabra. No es su palabra la que obra, sino que él mismo debe hacerlo; por lo tanto, es exactamente igual que si jamás hubiese pronunciado palabra alguna. Así es la palabra del hombre.

No sucede lo mismo con la palabra de Dios. Cuando Dios pronuncia la palabra, en el mismo momento, hay en esa palabra el poder viviente para cumplir lo que esa palabra expresa. No hay la más mínima necesidad de que Dios emplee cualquier otro medio que no sea la palabra misma, para cumplir lo pronunciado. La Biblia está llena de ilustraciones al propósito, y quedaron escritas para instruirnos sobre el particular: para que consideremos la Palabra como palabra de Dios, y no como palabra del hombre; y para que la podamos recibir como lo que es en realidad, la palabra de Dios, a fin de que ella pueda obrar poderosamente en nosotros la buena voluntad de Dios.

"Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca… porque Él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió". "Por la fe entendemos que los mundos fueron formados por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve, fue hecho de lo que no se veía". En el principio, no existían para nada los mundos. Es más, ni siquiera existía la materia de la que están compuestos: No había nada. Entonces, Dios habló, y todos los mundos vinieron a existir, cada uno en su lugar. ¿De dónde vinieron, pues, los mundos? Antes de hablar, no había ninguno. Cuando habló, helos ahí. ¿De dónde vinieron? ¿Qué los produjo? ¿Qué fue lo que produjo el material del que están hechos? ¿Qué los trajo a la existencia? Fue la palabra pronunciada la que creó todo. Y lo hizo porque era la palabra de Dios. Había en esa palabra la divinidad de vida y espíritu, el poder creador para hacer todo lo que la palabra decía. Así es la palabra de Dios.

"Esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada". En la Biblia, la palabra de Dios es la misma, la misma en vida, en espíritu, en poder creador, que aquella que hizo los cielos y todo el ejército de ellos. Fue Jesucristo quien pronunció la palabra en la creación; es Él quien pronuncia la palabra en la Biblia. En el principio, la palabra que pronunció, creó los mundos; en la Biblia, la palabra que pronuncia salva y santifica el alma. En el principio, su palabra creó los cielos y la tierra; en la Biblia, su palabra crea en Cristo Jesús al hombre que recibe esa palabra. En ambos casos, y en toda la obra de Dios, es la palabra la que lo efectúa.

Permite que la palabra de Cristo more en ti abundantemente. Recíbela, no como palabra de hombre, sino como es en verdad, la palabra de Dios, que obra poderosamente en ti. Entonces, "como desciende de los cielos la lluvia, y la nieve, y no vuelve allá, sino que harta la tierra, y la hace germinar y producir, y da simiente al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié". "A vosotros es enviada la palabra de esta salud". "Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia; que es poderosa para sobreedificaros, y daros herencia con todos los santificados". 

Review and Herald, 20 octubre 1896

 Hemos visto que el poder inherente a la palabra de Dios es suficiente, mediante la simple pronunciación ésta, para crear los mundos. Al ser dicha hoy al hombre, es también suficiente para crear de nuevo, en Cristo Jesús, a todo el que la reciba.

En el capítulo ocho de Mateo hallamos el relato de un centurión que vino a Jesús, rogándole así: "Señor, mi mozo yace en casa paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: yo iré y le sanaré. Y respondió el centurión, y dijo: Señor, no soy digno de que entres debajo de mi techado; mas solamente di la palabra, y mi mozo sanará… Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste te sea hecho. Y su mozo fue sano en el mismo momento".

Ahora ¿qué fue lo que el centurión esperó que curase a su siervo? "Solamente… la palabra", que Jesús pronunciaría. Y después que se hubo dicho la palabra, ¿de qué debió depender el centurión, y en qué debió esperar, para el poder sanador? Solamente… la palabra. No esperó que el Señor lo efectuase de alguna otra manera que no fuese por su palabra. Escuchó la palabra, "Ve, y como creíste te sea hecho". La aceptó verdaderamente como palabra de Dios y esperó y dependió de ella, para el cumplimiento de lo que había dicho. Y así resultó. Tal es hoy la palabra de Dios, tan ciertamente como lo fue en el día en que se pronunció originalmente. No ha perdido un ápice de su poder, ya que esa palabra de Dios "vive y permanece para siempre".

En Juan 4:46-52 se nos relata cómo cierto noble, cuyo hijo estaba enfermo en Capernaum, vino a Jesús en Caná de Galilea, "y rogábale que descendiese, y sanase a su hijo, porque se comenzaba a morir. Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y milagros, no creeréis. El del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera. Dícele Jesús: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó a la palabra que Jesús le dijo, y se fue. Y cuando ya él descendía, los siervos le salieron a recibir, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive. Entonces él les preguntó a qué hora comenzó a estar mejor. Y dijéronle: Ayer a las siete le dejó la fiebre. El padre entonces entendió que aquella hora era cuando Jesús le dijo: Tu hijo vive".

Ese es el poder de la palabra de Dios para aquel que la recibe como lo que es en verdad: palabra de Dios. Ese es el poder "que obra en vosotros los que creéis". Esa es la manera en la que la palabra de Dios cumple su designio en quienes la reciben, y le permiten morar en ellos. Obsérvese que en ambos casos el hecho se produjo en el mismo momento de pronunciarse la palabra. Véase también que ninguno de los dos enfermos estaba en la presencia inmediata de Jesús, sino a considerable distancia –el último, al menos a un día de camino del lugar en el que Jesús habló al noble. Sin embargo, se curó instantáneamente al ser pronunciada la palabra. Y esa palabra está viva y llena de poder hoy, tan ciertamente como entonces, para todo el que la recibe de la forma en que fue recibida en aquella ocasión. La fe consiste en aceptar esa palabra como palabra de Dios, y en depender de ella para que realice lo que dice. Cuando el centurión dijo, "solamente di la palabra, y mi mozo sanará", Jesús dijo a los que estaban alrededor, "De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado fe tanta". Ojalá pueda hallar hoy, por todo Israel, esa "fe tanta".

Jesús nos dice a cada uno de nosotros, "vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado". Esa purificación, o lavacro, tiene lugar por la palabra. El Señor no se propone limpiarte de ninguna otra manera que no sea por su palabra que él mismo ha pronunciado. Solamente de ella debes esperar el poder que purifica, recibiéndola verdaderamente como la palabra de Dios que actúa poderosamente en ti, y cumplirá el designio de ella. No es el propósito de Dios hacerte puro de otra forma que no sea por el poder de sus puras palabras morando en ti.

Un enfermo de lepra dijo a Jesús, "¡Señor, si tú quieres, puedes limpiarme!". Jesús le respondió: " ‘¡Así lo quiero! ¡Sé limpio!’ Y al instante quedó limpio de su lepra". ¿Estás clamando a causa de la lepra del pecado? ¿Le has dicho, o le dirás ahora, "Señor, si tú quieres, puedes limpiarme"? Él te responde: ‘¡Así lo quiero! ¡Sé limpio!’. Y al instante quedas limpio, tan ciertamente como sucedió con aquel otro enfermo de lepra. Cree la palabra, y alaba a Dios por su poder sanador. No apliques tu fe a creer lo que le sucedió a aquel leproso, sino cree en lo que respecta a ti, aquí, ahora. Inmediatamente. Para ti es la palabra: "¡Sé limpio!". Acéptala, como hicieron aquellos en lo antiguo, obrando inmediatamente en ti la buena voluntad del Padre.

Que todos los que invocan el nombre de Cristo reciban esa palabra hoy, como palabra de Dios que es, dependiendo de ella para el cumplimiento de lo que dice. Entonces, será ahora realidad, para gloria de Dios, que "así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla limpiándola en el lavacro del agua por la palabra, para presentársela gloriosa para sí, una iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha". 

Review and Herald, 27 octubre 1896


Viviendo por la palabra

A.T. Jones

 "Mas ahora, sin la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, testificada por la ley y por los profetas: La justicia de Dios por la fe de Jesucristo, para todos los que creen en Él; porque no hay diferencia; por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios".

La justicia de Dios es lo primero que debe buscar todo hombre. "Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia". Y en el camino de la justicia, hay vida. No es posible separar la vida de Dios de la justicia de Dios. Tan ciertamente como tienes la justicia de Dios, tienes su vida.

Y "ahora, sin la ley, la justicia de Dios se ha manifestado". Ahora, significa: hoy, en este momento, mientras lees. En este preciso momento, pues, la justicia de Dios se ha manifestado a "todos los que creen en Él". ¿Crees en Jesucristo ahora, en este momento? Si dices, ‘Sí’, entonces la justicia de Dios se manifiesta ahora –en este mismo momento– en y sobre ti. ¿Lo crees así? La palabra de Dios así lo afirma. ¿Lo afirmas ? Si tú no lo afirmas, entonces, ¿puedes decir que crees la palabra? Si el Señor dice claramente que su justicia se ha manifestado ahora a ti y sobre ti, y tú dices que no te ha sido ahora manifestada, ¿estás creyendo realmente al Señor? Si Él te dice algo llanamente, y tú dices que en tu caso eso no es cierto, ¿pretendes estar creyéndolo en verdad?

El Señor espera que afirmes que es cierto lo que Él dice; que es cierto "ahora", en este momento; y que es cierto para ti, y en ti. "Os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en Él y en vosotros". Cuando el Señor dice algo, es verdad, incluso aunque nadie en el mundo lo creyese. En tal caso, sería verdad en Él, pero no en ellos. Pero Él quiere que sea cierto en ti, así como en Él. Cuando reconoces que lo que el Señor dice es cierto para ti "ahora", en este momento, entonces es cierto en Él y en ti. Eso es creer en Dios. Es creer en su palabra. Su palabra mora entonces en ti. Y "si estuviereis en mi, y mis palabras estuvieren en vosotros, pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho".

Muchos son los dispuestos a admitir, de una manera general, que lo dicho por el Señor es cierto. Admitirán igualmente que puede ser cierto también para otros. Pero que sea cierto para ellos, precisamente ahora, eso ya no pueden aceptarlo. Los tales no conocen realmente que la palabra de Dios es verdadera. "¿Tienes tú fe? Tenla para contigo delante de Dios". Si no la tienes para contigo, en lo que a ti respecta, entonces no tienes fe en absoluto. Si no crees que la palabra del Señor es verdadera para ti personalmente, y ahora, entonces no crees en absoluto. Puesto que no estás viviendo ayer ni mañana, sino precisamente ahora –entre tanto que se dice Hoy–, si ahora no crees, es que no crees en absoluto. De manera que la palabra de Dios declara que "ahora es el tiempo aceptable, ahora es el día de la salvación"; y "ahora, sin la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, testificada por la ley y por los profetas: La justicia de Dios por la fe de Jesucristo, para todos los que creen en Él; porque no hay diferencia; por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios".

¿Crees en Jesucristo como tu Salvador personal, ahora? Puedes responder a lo anterior sin ninguna dilación. Sabes que en realidad, estás respondiendo (en un sentido o en otro). Entonces, agradece al Señor, ahora, porque su justicia se haya manifestado en ti y sobre ti. El Señor no solamente te dice que es así; además testifica del hecho. Testifica "por la ley y por los profetas". Esa ley que transgrediste, la misma que te ha declarado culpable ante Dios, precisamente esa ley, ahora, en virtud de la manifestación de la justicia de Dios, testifica que te has apropiado cabalmente de su justicia, y que por lo tanto, estás justificado por la fe de Jesucristo. Los profetas testifican igualmente de ese bendito hecho. "En el momento en que el pecador cree en Cristo, queda libre de condenación ante Dios, ya que la justicia de Cristo viene a ser suya: la perfecta obediencia de Cristo le es imputada". ¿No es eso suficiente para que ahora digas, si es que nunca antes lo dijiste, que "ahora… la justicia de Dios se ha manifestado" en y sobre ti, que crees ahora en Jesús?

"Siendo justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús; al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados". ¿Preferirás ahora tener la justicia de Dios, o preferirás tus pecados? Prefieres la primera. Muy bien. Dios "ha propuesto" "ahora" a Cristo "para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados". ¿Dejarás ahora que se vayan los pecados, en este momento, y tomarás la justicia que se ha propuesto darte, y que te ofrece gratuitamente ahora mismo? "Siendo justificados gratuitamente". "Siendo" es un tiempo verbal presente. "Habiendo sido" sería pasado. "Yendo a ser" sería futuro. Pero "siendo" pertenece al presente. Por lo tanto, el Señor dice virtualmente de ti, y a ti que crees en Él, ‘Siendo [ahora, en este momento] justificado gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada por Cristo Jesús,… pasando por alto, en su paciencia, los pecados pasados".

Pero el Señor no termina el asunto ahí; destaca el poder real y la bendición de ese acto feliz. "Con la mira de manifestar la justicia en este tiempo". Primeramente dice que es "ahora" cuando "la justicia de Dios se ha manifestado, para todos los que creen en Él"; luego dice de todos ellos, "siendo justificados gratuitamente"; y después recalca lo anterior con estas palabras: "con la mira de manifestar la justicia en este tiempo". ¡Oh, pobre alma temblorosa y dubitativa! ¿No te ofrece eso la suficiente seguridad de que ahora, en este momento, es tuya la justicia de Dios? ¿que ahora estás siendo justificado gratuitamente por su gracia? ¿que ahora, "en este tiempo", te ha sido manifestada la justicia de Dios para remisión de todos tus pecados pasados?

¿Acaso eso no te basta? Le basta al Señor, ya que dice: "Con la mira de manifestar su justicia en este tiempo: para que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús". Por lo tanto, si es suficiente para satisfacer plenamente al Señor, ¿no lo va a ser para satisfacerte a ti? ¿Te apropiarás ahora de la plenitud de ese bendito "don de la justicia" que es vida, de tal manera que el Señor, viendo "del trabajo de su alma" sea saciado, y que al ver tu gozo, sea doblemente satisfecho? Eso es todo cuanto pide de ti. Porque "al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia".

He aquí la palabra de Dios, la palabra de justicia, la palabra de vida para ti hoy, ahora. ¿Serás hecho justo por ella ahora? ¿Vivirás ahora por ella? Eso es justificación por la fe. Es la cosa más simple del mundo. Tan sencillo como si la palabra de Dios será verdadera para ti "ahora", o no. Dios dijo a Abraham, "mira ahora a los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu simiente. Y creyó a Jehová, y contóselo por justicia". "Y no solamente por él fue escrito que le haya sido imputado; sino también por nosotros, a quienes será imputado, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación. Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo". "Ahora", "en este tiempo" es cierto; es cierto en Él. Hoy, ahora, que sea cierto en ti. 

Review and Herald, 10 noviembre 1896

 

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