Nuestro glorioso futuro

Publicado Feb 13, 2013 por Robert J. Wieland En El precioso mensaje de 1888 Aciertos: 1,297

Debo parecer muy viejo, porque algunos me han estado preguntando si fui delegado en la sesión de la Asociación General de 1888. Supongo que nadie de los aquí presentes estuvo. No hay necesidad de que pida que levanten las manos a ese respecto. Pero querría hacerles una pregunta: ¿Cuántos de ustedes han tenido el privilegio de tener una entrevista personal con alguien que estuviese en esa Asamblea de la Asociación General? ¿Pueden levantar las manos? Querría verlas, por favor.

Bien, entonces supongo que tengo un privilegio singular, ya que mantuve una entrevista con alguien que estuvo presente en esa Asamblea. Pasé horas entrevistándole. La persona entrevistada resultó ser un amigo personal muy íntimo de la hermana White. Se trataba del hermano J.S. Washburn. Había cumplido ya los 90 años cuando lo entrevisté junto al pastor Short. Su memoria estaba muy clara. Pueden preguntarse ¿qué valor puede tener un testimonio tal? El hermano Washburn leyó y releyó, hizo correcciones y firmó su declaración. A lo largo de los años que han seguido, el White Estate ha ido publicando esto y aquello que la hermana White escribió. Hacia 1988, se publicó un libro de 1.800 páginas. He encontrado vez tras vez que se corroboraba todo cuando me dijo el pastor Washburn en la entrevista de 1950. Fue así:

–Lo recuerdo como si fuese ayer. Era en aquella pequeña iglesia en Minneapolis. Recuerdo cómo la hermana White estaba sentada en la primera fila. Cuando Waggoner predicaba, el rostro de ella estaba radiante. Decía: ¡Amén, hermano. Hay gran luz en esto! Y entonces, cuando el hermano Morrison se levantaba para rebatir lo que decía Waggoner, la hermana White parecía abatida y apesadumbrada.

Por cierto, el hermano Washburn fue sincero y nos manifestó de forma franca que él estaba en el bando equivocado, que rechazó el mensaje en Minneapolis. Quizá porque su tío era el presidente de la Asociación General: una razón, quizá. Otra fue que estaba su- friendo una tragedia humana, como es común con muchos de nosotros. Habló personalmente con la hermana White unos meses más tarde, en un descanso de una reunión en Arkansas, en la tienda de ella. Y nos explicó que ella le preguntó:

–¿Sabe cuál fue verdaderamente el tema principal, en Minneapolis?

Él respondió: Sí, por supuesto: la ley en Gálatas.

Ella respondió: –de ninguna manera. Ese no fue el tema principal. El tema principal fue la justificación por la fe.

Y luego añadió algo sorprendente:

–Waggoner la puede enseñar más claramente de lo que yo puedo hacerlo.

Entonces el hermano Washburn le preguntó sorprendido: ¿Quiere decir, hermana White, que con toda su edad y experiencia, y siendo profetisa, Waggoner puede enseñarla mejor que usted misma?

Ella dijo: –Sí. Dios ha puesto en él una responsabilidad especial que no ha puesto en mí.

Podemos corroborar todo ello leyendo los escritos de E. White. En el manuscrito 5 de 1889, cuando oyó hablar a Waggoner, “esa fue la primera exposición clara del evangelio que jamás oyera de labios humanos, excepto por ciertas conversaciones privadas con mi marido”.

Por lo que respecta a la expresión luminosa de su rostro y los “¡Amén!” de asentimiento ferviente, leemos cuando dice “cada fibra de mi corazón decía: ¡Amén!, cuando oí a Jones y Waggoner hablar”.

Hace algunos años, recopilé a partir de documentos encontrados aquí y allá, 200 declaraciones de apoyo de Elena White a ese preciosísimo mensaje. Tras la publicación del libro “The Ellen G. White 1888 Materials”, la cantidad supera las 300. Incontables declaraciones de apoyo hacia ese mensaje. Si sólo hubiese sido una, habría sido ya significativo. Dos, muy importante. Pero ¡se cuentan por cientos!

¿Por qué amó tanto Elena de White ese mensaje? Hubo dos ocasiones en que la hermana White se sintió desbordantemente feliz. Una fue el clamor de media noche de 1844. Estaba tan gozosa que no podía dormir por la noche. La segunda fue con ocasión del mensaje de 1888. Dijo:

–Estoy tan gozosa que en la noche no puedo conciliar el sueño.

¿Por qué lo amó de esa manera?

Siempre digo que debo figurar el último en la lista de todos los santos. No soy teólogo. Pero hay una cosa que conozco por experiencia. Mucho antes de saber que existía 1888, cuando no tenía la menor idea de quién era el pastor Waggoner, tuve la ocasión de leer el libro The Glad Tidings (Las Buenas Nuevas. Gálatas, versículo a versículo), escrito por Waggoner. Yo era el único adventista en la escuela, y durante 4 años tenía luchas constantes por guardar el sábado. Tuve que aprender a mantenerme sólo, con mis convicciones. En mi adolescencia leía con voracidad. Leí El Deseado de todas las gentes, El conflicto de los siglos, El Camino a Cristo, etc. Pero no fue sino hasta diez años después de mi bautismo que creo haber comprendido por primera vez cuán buenas son las buenas nuevas. Pueden pensar que algo iba mal en mi caso. Puede ser, pero sin saber quién era Waggoner, reconocí un preciosísimo mensaje en ese libro, antes de conocer la existencia de las declaraciones de apoyo por parte de Elena de White. Creo que puedo comprender el porqué de la felicidad desbordante de Elena de White, a propósito de ese mensaje. Es algo así como girar la llave de contacto de un extraordinario automóvil, y comenienzan a oír el bello sonido de su motor. Si no se engrana la primera velocidad, el movimiento no se produce. Elena de White, durante más de treinta años, puso en marcha, preparó y dejó a punto ese automóvil. Ahora reconoció, al oír ese mensaje, que allí estaba la palanca de cambios. Allí estaba el mensaje que proveería el poder que iba a transformar esos imperativos adventistas en capacitaciones evangélicas.

Reconoció en ese mensaje el principio del fuerte clamor de Apocalipsis 18. Más aun, el comienzo del derramamiento del Espíritu Santo en la lluvia tardía. Sí, es cierto; el fin habría podido venir antes de 1888, pero nunca antes de que fuese derramada la lluvia tar- día, y en absolutamente ninguna otra ocasión en la larga carrera de Elena de White, identificó ninguna otra cosa como “el comienzo de la lluvia tardía, del fuerte clamor”.

En 1856 tuvo una visión, estando en una reunión en Battle Creek. Un ángel le dijo: “De los aquí reunidos, algunos serán comida para los gusanos, algunos pasarán por las siete últimas plagas, y algunos estarán vivos y serán trasladados cuando el Señor regrese”.

Todos los allí reunidos descansan hoy en sus tumbas. Ninguno está vivo, ni ha sido trasladado. Algunos dicen: eso prueba que Elena de White era una falsa profetisa. Yo no pienso así.

Muy pocos años después. Bien en el período de la vida de aquellos presentes en 1856, 32 años después, vino el comienzo del movimiento final: el fuerte clamor, la lluvia tardía. Incluso la ley dominical nacional estuvo a punto de ser aprobada por el Congreso americano.

Jones y Waggoner, mientras sufrían la oposición de sus propios hermanos, fueron empleados por el Señor para deshacer la propuesta dominical del senador Blair. Si dicha ley hubiese sido aprobada y hubiese comenzado la persecución religiosa hace cien años, la nación americana no habría gozado jamás de este siglo de comparativa paz y prosperidad. ¡Si América pudiese darse cuenta de lo que debe a esos nobles hombres! Dios los empleó de una forma maravillosa.

El Señor Jesucristo quería regresar. Lo quería hacer ya hace tiempo. Pero no lo hizo sobre las nubes de los cielos, hasta estar seguro de que hubiese un pueblo preparado para darle la bienvenida. Y fue así que vino a los dirigentes de esta iglesia, en una aparición proba- toria. No personalmente, sino en la persona de dos jóvenes mensajeros. Una y otra vez Elena de White nos dice:

“Cuando estos dos jóvenes mensajeros y su mensaje fueron rechazados, los hermanos estaban rechazando a Cristo”.

Esa venida probatoria debía despertarnos el sentido en cuanto a cuál es nuestra auténtica necesidad. Nos llamamos adventistas del séptimo día. Y parece que con el pasar del tiempo, la segunda venida se sitúa cada vez más lejos en las sombras del futuro. Pero amigos, un adventista es aquel que no sólo cree en la segunda venida, sino que la ama; que quiere que el Señor venga pronto. Hermanos, eso es en lo que consiste este mensaje: La preparación de un pueblo para la traslación. Para la venida del Señor Jesús. Es un mensaje distinto y singularmente adventista.

¿Cuál fue el mensaje? ¿Qué justifica toda aquella revolución?

Fue algo que ni Lutero, ni Calvino, ni Wesley comprendieron jamás realmente. Estos tenían la luz para sus días. Hicieron una obra maravillosa. Pero Lutero, Calvino y Wesley, como los otros reformadores, no proclamaron “el mensaje del tercer ángel, en verdad”. Hace algunos años, Conradi intentó persuadirnos de que Lutero ya predicó el mensaje del tercer ángel en verdad, y si eso es así, no tenemos ninguna razón de existir como pueblo [en consonancia con eso, Conradi apostató del adventismo, y se convirtió en uno de sus más acerbos opositores]. Pero poseemos realmente un mensaje único, el mensaje del tercer ángel, y el mensaje de 1888 fue el comienzo de su cumplimiento.

Alguien se podrá preguntar –“¿cómo es posible que un grupito minúsculo de creyentes, unos 90 delegados en Minneapolis, una centena escasa de miembros y casi nada allende el mar, pudiesen ‘iluminar toda la tierra con su gloria’?”

El plan de Dios era que fuesen como David, con sus cinco piedrecillas, enfrentando a Goliat. Era el plan de Dios que ese pequeño pueblo humilde tuviese un mensaje que alumbrase la tierra con gloria. No son nuestras instituciones, no es nuestro dinero, nuestros planes, no es nuestra educación. Es nuestro mensaje lo que el mundo debe oír. Y ese mensaje era algo especial. Era una idea revolucionaria. Un romper con siglos de oscuridad, para llegar a una luminosa recuperación de la noción claramente expuesta en el Nuevo Testamento, de la justificación por la fe.

La justificación por la fe expuesta en la Biblia es una verdad estremecedora, excitante. Jones y Waggoner vieron realmente lo que significaba, de la forma en que Pablo la enseñó. Echemos un breve vistazo a la singularidad de ese mensaje. Leamos en Romanos 3:23 y 24.

Pablo dice que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. La misma frase, el mismo sujeto, con un verbo nuevo: “siendo justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús”.

–Pablo, ¿querías decir realmente eso? ¿quieres decir que todos fueron justificados gratuitamente por su gracia?

–Sí, dice Pablo. Eso es exactamente lo que quiero decir.

–Pero ¿recalcas eso mismo en alguna otra parte?

–Sí. En Romanos 5. Veamos el versículo 18. Es un texto- problema que ha hecho cavilar a la gente por cientos de años. De hecho podemos hablar de cuatro interpretaciones básicas de ese versículo.

“Así que de la manera que por un delito [Adán] vino la culpa a todos los hombres para condenación, así [de forma equivalente] por una justicia [Cristo] vino la gracia a todos los hombres para justificación de vida”.

1. El calvinismo tiene un problema con ese versículo, porque el calvinismo dice que la gracia de Cristo es irresistible, y la expiación de Cristo es limitada. Y según eso, Pablo debió haber dicho más bien:

“por la justicia de Cristo, el don de la justificación vino solamente sobre los elegidos” y todos los demás quedan excluidos.

2. El universalismo dice:

–Lo que Pablo dijo es exacto, y todo el mundo va a ser salvo. Podéis asesinar a seis millones de judíos si así lo preferís, eso no hace ninguna diferencia. Todos se van a salvar.

Pero la Biblia dice muy claramente que algunos, de hecho muchos, se perderán.

3. La tercera interpretación es la del arminianismo. El arminianismo es una reacción contra el calvinismo, porque éste último estaba rindiendo un fruto muy amargo hacia el final del siglo XVI. Según el arminianismo, lo que Pablo debió haber dicho es: “por la justicia de Cristo, se hizo provisión para todos los hom- bres, según la cual es posible... que todos los hombres sean justificados, si... si... si hacen algo bien”. Por décadas, el adventismo ha sido arminiano en su comprensión. Y está bien, porque el calvinismo está en el error. Había que corregirlo.

4. Llega el mensaje de 1888, con una idea diferente: Lo que dijo Pablo es exactamente así: “por la justicia de Cristo, es un hecho que el don gratuito de la justificación de vida vino a todos los hombres”. Cuando Cristo murió en la cruz, hizo algo por todo hombre, mujer y niño. Cristo gustó la muerte por todos.

Desde que el mundo existe, ¿cuantas personas han muerto? Cuando preguntaba eso, los africanos me respondían, –¡Quién puede saberlo!, desde que el mundo existe, miles y miles han muerto. Les respondía: – Estáis equivocados: desde que el mundo existe, sola- mente un Hombre ha muerto verdaderamente. Todos los demás han pasado al descanso. Nadie ha probado todavía la muerte segunda, excepto el Hijo de Dios. Y probó la muerte segunda por cada alma de los aquí reunidos. “No hay razón bajo el cielo por la que toda alma en el mundo no sea salva a la vida eterna, dijo Waggoner, excepto que todos no lo recibirán”. Y la única razón por la que alguien pueda perderse, dice el mensaje de 1888, es porque rechaza y resiste cuanto Cristo ha hecho ya por él.

(Toma un libro en sus manos, en representación del don gratuito)

a/ Calvinismo: a algunos se les da, a otros no.

b/ Arminianismo: aquí está el libro, como provisión para que lo obtengas, si te portas bien y vienes a buscarlo. Si no lo logras, tanto peor para ti. Estás perdido.

c/ El mensaje de 1888: Las buenas nuevas son mejores que eso. El Señor Jesús pone ya el don en tus manos. El sacrificio es real y eficaz. Si tuviésemos que llevar por nosotros mismos el peso de nuestros pecados, moriríamos inmediatamente. No podríamos seguir vivos, amigos. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándole en cuentas sus pecados”, ya que se los estaba imputando a Cristo. La única forma en la que podemos perdernos es despreciando eso.

A eso le llamo “buenas nuevas”.

Algo que aparece de forma natural y lógica es un concepto nuevo y distinto de lo que el Señor está haciendo por nosotros: No está procurando impedirnos la entrada al cielo. ¡Está intentando llevarnos a él! Nos está cogiendo de la mano, y nos dice ¡Venga!, ¡Va- mos! Si le permites que él coja tu mano, si le permites que te guíe, te conducirá a lo largo de todo el camino hasta el reino de Dios.

Otra singularidad que es piedra de tropiezo para muchos, es la verdad del Nuevo Testamento de que es fácil salvarse y difícil perderse.

–¡Usted hace demasiado buenas las nuevas!, piensan algunos.

Algunos piensan que no deben creer lo que el Señor Jesucristo dice, a menos que Elena de White lo autorize. Pero debo deciros que Elena de White no se habría atrevido jamás a contradecir las palabras de Jesús. Fue Cristo mismo quien dijo algo que voy a intentar repetir de memoria. Si me equivoco, me corrigen:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os daré fatigas. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis agonía y tormento para vuestras almas. Porque mi yugo es difícil, y mi carga pesada”...

Esa es exactamente la manera en la que muchos jóvenes entienden el evangelio. Los adolescentes rechazan la religión por culpa de eso. En encuestas hechas en centros de estudios, se aprecian una y otra vez respuestas como ésta: –quisiera ir al cielo, pero tengo que trabajar demasiado para alcanzarlo. Quisiera ser un buen cristiano, pero ¡es tan difícil!

¿De dónde han sacado esa idea? No del mensaje de 1888, desde luego. Hay en él mucho mejores nuevas que esas.

Pero ¿no nos dice E. White que debemos esforzarnos continuamente, que debemos ejercitar cada facultad, etc? Tengo nuevas para vosotros. Quizá sean malas nuevas: Por todo el tiempo que sigan vivos, no podrán dejar de respirar. Incluso si se van a dormir, tendran que seguir respirando sin cesar. ¿No les parece terrible? Saben que la oración es la respiración del alma. ¿Les parece algo penoso, el respirar? ¿Y el orar? Si no encuentran placer en orar, no han descubierto todavía lo bueno que son las buenas nuevas. Tengo otra nueva para ustedes: Por todo le tiempo que vivan, tendrán que comer una y otra vez. ¿No es terrible? Leo la Biblia, no porque mis hermanos me dicen que tengo que leerla, ni tampoco porque Elena de White me lo dice. ¡La leo porque estoy hambriento! El Señor nos da el don del hambre y la sed de justicia. Hambre de su palabra.

Algunos dicen: –Sí, pero es tan difícil estar crucificado con Cristo... Es terrible...

Si tuviésemos que estar crucificados solos, eso sería realmente difícil: estamos de acuerdo. Pero es mil veces más fácil estar crucificado con Cristo, y eso nos lleva a otro punto, que constituye el tema de esta meditación.

¿Cuál fue el centro del mensaje de 1888? No fue un forum teológico para propiciar las discusiones doctrinales. Fue un mensaje para subyugar el corazón. Como el mensaje que tocó el corazón de Wesley en 1738. El asunto es que nunca somos crucificados solos. El ego, el yo, está crucificado con Cristo. Eso significa una apreciación profunda de cuanto sucedió en la cruz del Calvario. Eso nos lleva también a la relación singular de este mensaje de 1888 con el concepto distintivo adventista de la purificación del santuario celestial; nuestra santa convocación. Un concepto depende del otro.

El ministerio del gran Sumo Sacerdote en la obra de la expiación final, en el lugar santísimo, es un ministerio que concede a los corazones de quienes lo siguen por la fe, el precioso don del amor. Y ese amor es el concepto del Nuevo Testamento, que es enteramente diferente de lo que ordinariamente pensamos que es el amor. Ese amor, que en el original se escribía ágape, es un amor que se ministra exclusivamente desde el lugar santísimo del santuario celestial (ver Primeros Escritos, p. 55 y 56: una profunda revelación), ya que solo allí está Jesús para impartirlo.

Nuestro amor humano, aquel con el que nacemos, el que trae consigo toda persona, es un amor que depende siempre de la belleza o la bondad de su objeto. El ágape es un tipo de amor enteramente diferente. Ese ágape fue el tipo de amor que revolucionó el mundo. Un concepto radicalmente nuevo de amor con el que nadie había soñado anteriormente. Ningún filósofo ni poeta había jamás imaginado algo semejante, hasta que se manifestó en la cruz del Calvario.

El ágape es un amor que no depende de la belleza o bondad de su objeto amado, sino que es capaz de amar a la gente vil, a la gente deforme. Incluso es capaz de amar a sus enemigos.

Nuestro amor humano descansa siempre en un sentido de necesidad. Dos amigos se aman porque se necesitan mutuamente. El marido ama a su esposa porque la necesita, y viceversa. Decimos: te quiero, te necesito.

El ágape es enteramente diferente. Dios no nos ama porque nos necesite. Dios nos ama por una gran razón: porque “Dios es ágape”, como escribió Juan. “Porque ya sabéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor de vosotros se hizo pobre”. Nuestro amor natural es un amor que siempre depende del valor del objeto amado. Invitamos y ayudamos a aquellos de quienes esperamos de alguna forma una compensación. El ágape no es como el amor humano. No depende del valor de lo amado, sino que crea valor en el objeto amado. Amigo, tu valor no depende ti mismo, sino del sacrificio que el Hijo de Dios hizo por ti. Se dio a sí mismo por ti, lo que te concede un valor que se mide con el valor del Hijo de Dios. Ahí está el secreto de la autoestima [valía] sin orgullo.

Nuestro amor humano contiene la noción pagana, está entrelazada en nosotros, y muchos cristianos la tienen todavía, de que Dios está escondido en alguna parte, y es nuestra tarea el esforzarnos en buscarlo para encontrarlo. Es como tener que ir en busca del médico para que nos visite. Nunca he conocido un médico que vaya por las casas con su maletín, preguntando “¿hay alguien enfermo por ahí?” Al contrario, hay que ir a buscarlo, y esperar y esperar hasta que finalmente esté a nuestra disposición. Así piensa mucha gente de Dios: que se está intentando esconder en alguna parte, y solamente aquellos que son más perseverantes y determinados pueden finalmente encontrarlo. Esa la noción pagana. Pero el hecho es, amigos, que el agape revela un Dios que está a la búsqueda del hombre. Pueden leer sus Biblias de principio a fin: no encontrarán ninguna parábola de una oveja perdida que tenga que ir en búsqueda de su pastor. Pero encontrarán una parábola del buen Pastor que va a la búsqueda de su oveja perdida. Su salvación no depende de que ustedes busquen al Señor. Depende de su fe en que el Señor los está buscando, y los encuentra.

Podemos decir categóricamente que la salvación es por la fe. No por las obras. Pero no estamos despreciando las obras. La fe de la Biblia es una fe que obra. No somos salvos por la fe y las obras. Somos salvos por la fe que obra. Que obra por el amor. La fe es una apreciación sincera y profunda del amor del buen Pastor por nosotros, de lo que hizo y hace por nosotros.

Por último, nuestro amor humano es un amor que procura siempre escalar posiciones. No he conocido nunca un niño que estudie segundo nivel, que prefiera descender al primero. Si le pregunto la edad a un niño y no me dice nunca la que tiene, me dice, –voy a cumplir seis años en julio. Siempre escalando. Pero ágape es un amor dispuesto a descender hasta lo más bajo.

Debo confesar que no descubrí el ágape en el seminario. Lo descubrí en África. Los africanos solían desafiarme: –muéstrenos el ágape, ¡queremos verlo! Creo que comprendo lo que querían decir: mientras que muchos de ellos iban descalzos a la iglesia, yo iba con mi lujoso Volkswagen “escarabajo”, vestido con traje, y con un buen par de zapatos. Desde luego, no era cómodo responder a eso. Allí descubrí un significado más profundo del ágape en la cruz de Cristo. Les decía: – Este traje no es mío. Tampoco los zapatos. No nací con ellos. No hay nada que yo tenga, de lo que pueda decir que es mío. Una sola cosa es mía por derecho: mi sepulcro. Todo lo demás me ha sido concedido por la gracia de Dios. Les decía a los africanos: –Si quieren ver el ágape, no me mirén a mí. Vayan a Filipenses 2, del 5 al 8. Si prestan atención, descubrirán ahí siete pasos que dio el Señor Jesús en su condescendencia.

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: el cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios. Sin embargo, se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres”.

Leemos de Adán que superaba en más del doble nuestra talla. Si Jesús hubiese venido con esa estatura, un hombre así habría llamado sin duda la atención. Pero no. Esperó cuatro mil años, hasta que la raza decreció en estatura física, mental y moral. El mundo romano era más cruel, licencioso y malvado que el de nuestros días. Puede que cueste creerlo, pero por más que nos sorprenda la violencia en la televisión, los romanos se gozaban en asistir a los coliseos y contemplar cómo los seres humanos peleaban entre ellos hasta la muerte. Los restaurantes romanos tenían algo que no tiene ningún restaurante hoy en día: el vomitorio. No es aventurado suponer que Jesús salvó el planeta de un suicidio prematuro. Toda bendición conocida y experimentada hoy por el mundo, es una compra del sacrificio de Cristo. Y Cristo vino en ese momento de degradación de la humanidad, para tomar sobre sí mismo nuestra forma. Nuestra semejanza.

Versículo 8: “Y hallado en la condición como hombre, se humilló a sí mismo”.

Podría haber nacido en el palacio del César, pero ¿dónde nació? ¿alguien puede aquí decir que ha nacido entre gallinas, asnos y vacas? Así es como nació Jesús. Estuvo a punto de morir cuando era un bebé. No era el 25 de diciembre, como se cree. Era a final de verano, o a principio de otoño. Debía haber moscas por todas partes. Su madre le dijo más tarde: – estuviste a punto de morir cuando eras un bebé. Dios te salvó.

“Se humilló a sí mismo”.

“Hecho obediente hasta la muerte”. El único ser humano que ha sido obediente hasta la muerte es Cristo.

Eso no es todo. “Y muerte de cruz”.

¿Qué significa muerte de cruz? –“Sí, ya sabemos: uno es colocado desnudo sobre una cruz, se le clavan las manos y los pies al madero, y se lo suspende verticalmente, en medio de una terrible angustia y agonía físi- ca por el dolor. Además, la gente se burla y hiere al crucificado. Es terrible”.

Sí, es terrible, pero muchos más han pasado por esa situación. Ustedes podrían pasar por eso. Podrían resistir estar clavados a un madero y soportar las burlas e imprecaciones con entereza, si saben que Dios está con ustedes. Pero Jesús no tuvo ese consuelo. Jesús no era como un actor que había aprendido su papel. Del interior de su corazón quebrantado y sangrante surgió el clamor: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Jesús probó algo que ningún ser humano ha probado jamás, ni siquiera Hitler o Mussolini. Unas horribles tinieblas del alma que aparecen cuando cada célula del cuerpo siente la condenación y la culpabilidad, porque “Jehová cargó sobre él el pecado de todos nosotros”. Murió por ti el equivalente a la muerte segunda. El ágape es un amor que está dispuesto a descender hasta el “infierno”. Es lo que Cristo hizo para rescatarte a ti y a mí.

¿Qué tiene esto que ver con la justicia por la fe?

Hasta que no comprendemos en qué consiste la fe, no estaremos en condiciones ni siquiera de comenzar a entender lo que es la justicia por la fe.

La fe no es una confianza egocéntrica basada en la esperanza de recompensa, o el temor al castigo o la perdición. Jesús definió la fe muy claramente, cuando dijo: “De tan manera amó [con ágape] Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Así definió Jesús la fe: como una apreciación de lo que Dios dio y de que manera amó al mundo, a ti y a mí. Cuando miramos la cruz, y vemos la longitud, la anchura y la profundidad del amor revelado allí, algo sucede inmediatamente: surge la fe que obra por el amor. Es todo cuanto Dios nos pide. Dios no nos pide que seamos crucificados como lo fue Cristo. Nos pide que apreciemos su cruz. Entonces, nuestro orgullo, nuestra suficiencia, nuestro egoísmo, se esfuman. Es todo cuanto Dios nos pide. Es todo lo que le pidió a Abraham. Abraham creyó a Dios, y su fe le fue contada por justicia. El resultado es la fe inmediata puesta en acción, que hace al creyente obediente a todos los mandamientos de Dios.

No puedo acabar sin darles mi texto favorito. Está en 2 Cor. 5:14 y 15. Lo leo dondequiera que voy.

Podemos imaginar a los amigos de Pablo diciéndole: – Pablo, ya eres muy mayor. Mejor debes retirarte y descansar. Deja que los jóvenes continúen en la brecha. Bastante has tenido de apedreamientos, prisiones, hambres, desnudez, naufragios, peligros de muerte y aflicción.

Pero Pablo dijo: –me es imposible parar.

Y cuando la sombra de muerte se ciñó finalmente sobre él, éste debió ser el pensamiento que le animó hasta el fin. “El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: Que si uno murió por todos, luego todos son muertos; Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, mas para aquel que murió y resucitó por ellos”.

Pablo tenía dos cosas: a/ tenía una mente clara, lógica, que razonaba con inteligencia, y b/ un corazón sensible y amante. Dijo: –esa es la razón por la que nos constriñe el amor de Cristo: que si Uno murió por todos... Eso significa que si no hubiese muerto, ¡todos estaríamos muertos! Pertenezco en la tumba, dice Pablo, pero ¡estoy vivo!

Y así, en el vers. 15 dice: Y por todos murió, para que los que vivan, encuentren a partir de eso imposible seguir viviendo para sí mismos. Ahora se sienten constreñidos a vivir para Aquel que murió por ellos, y resucitó.

Amigos, si comprenden y creen el mensaje de 1888 de la justicia de Cristo, less garantizo que encontrarán imposible ser tibios miembros de iglesia. El amor de Cristo los constreñirá , o motivará, a vivir por Cristo y a estar preparados para su venida.

Tengan ánimo. La luz puede más que las tinieblas.

El amor es más fuerte que el odio. El evangelio es más poderoso que el legalismo. El Espíritu Santo es más fuerte que la carne. Y donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia.