Mi Amado - Capítulo 3 - Confusión

Publicado Dic 05, 2013 por Adrian Ebens En Mi Amado Aciertos: 784

La voz de mi Amado ungió mi infancia a través del tierno cuidado de mis padres, mis encuentros con la naturaleza y las historias de la Biblia. La atracción era suave y sutil, pero ahora sonrío al reflexionar sobre la paz, la tranquilidad y la bendición que sentía en esos encuentros. Cómo me hubiese gustado que esa hubiera sido la única voz que mis oídos jamás hubiesen escuchado.

Era difícil oír la voz de mi Amado porque aunque estaba muy cerca de mí, sonaba muy lejos. Otra voz parecía estar mucho más cerca. Era más fuerte, más firme, y a veces incluso contundente. Esta voz se puede resumir en los siguientes versículos.


Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; 14 sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Isaías 14:13-14.

Esta voz tenía una resonancia natural conmigo. Sugería que la felicidad se encontraba en el entretenimiento y la diversión, en los dulces (caramelos de Australia) y los dibujos animados, en llamar la atención y en la admiración. Al principio de mi experiencia percibí que capturar al público, hacerles reír, o invocar alabanza me llevaba a un alto nivel de satisfacción. Las emociones que se apoderaron de mi alma fueron algo similar a las que sentí al mirar a los cielos o ser abrazado por mis padres. Ambas me hacían sentir bien; sencillamente no podía discernir la diferencia entre las voces.

Esta voz me incitó a encontrar placer en tortas, caramelos, helados y refrescos. La restricción paternal hizo que me quejara largo y tendido hasta que sentí la vara de la corrección. La televisión fue un educador significativo. Observé a personajes con superpoderes derrotar a enemigos peligrosos. Observé a familias que tenían un aspecto similar a la mía enfrentar los retos de la vida por su propia inteligencia sin la necesidad de la oración. Vi películas para niños que mostraban un final feliz sin que los personajes centrales sintieran la necesidad de Dios, la Biblia o una oración.

Parte de mi entrenamiento académico tácito era que la felicidad venía de ser tomado en cuenta y obtener la atención de los que me rodeaban. Esa ley no escrita me sugirió que si quería aprobación, tenía que estudiar mucho. Como para un niño pequeño estudiar duro no era para nada atractivo, descubrí otras maneras de llamar la atención. Jugar al payaso despertaba el interés de los otros estudiantes y a la vez hacía que el maestro detuviera la clase sólo para mí. Fue maravilloso mientras duró. Sin embargo, una vez más, la vara de la corrección me informó que había consecuencias para la búsqueda de este tipo de atención.

Al reflexionar, vi que la voz del tentador empujaría en dos direcciones. Estaba incitado a llamar la atención con mis payasadas desafiando así las autoridades en mi vida, o buscando llamar la atención de esas autoridades y la admiración de amigos mediante un esfuerzo diligente para estudiar, superarme, y ser un niño modelo. De cualquier manera, esta voz sugería que la felicidad viene de retener cautivo al público en cierta medida.

Mientras menos me sentía aceptado por mis padres, más me empujaba la voz del tentador a desafiar la autoridad y a hacerme el payaso. Mientras más me sentía aceptado por mis padres más me esforzaba en distinguirme con buenas calificaciones en la escuela. Sin embargo, esto no era todo. También trataba de mostrar a mi familia y amigos que yo era un buen cristiano. En este contexto, la voz de mi Amado y la voz del tentador sonaban casi idénticas.

Mi Amado quería que yo obedeciera a mis padres, que leyera la Biblia, orara y prosperara en mis estudios. Sin embargo, cuando el tentador vio que yo deseaba la aprobación de aquellos que tenían autoridad sobre mí, me alentaba a hacer exactamente las mismas cosas, pero con un propósito muy diferente. Como niño, no tenía capacidad para comprender y discernir la diferencia entre propósitos. Un niño sólo comprende que recibe órdenes y opta por obedecer o desobedecer. No hay un entendimiento de por qué decide hacer lo uno o lo otro.


Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; (2) sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. (3) Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo. Gálatas 4:1-3.

La seducción de mi Amado a través de mis padres y de las historias de la Biblia me convenció de que la búsqueda de notoriedad al resistir a la autoridad es algo malo y doloroso a la vez. Estas conclusiones no eran realmente conscientes; no eran más que observaciones subconscientes. Así que yo opté por el camino de la atención a través del trabajo duro, el esfuerzo y los logros aceptables. Esto no quería decir que no optaba por el otro camino cuando las autoridades parecían ser injustas, predispuestas en mi contra, o inconsistentes. Aprendí que incluso después de duro esfuerzo, la meta del honor todavía podía eludirme.

Casi todas las áreas de mi experiencia me informaban que el objetivo de la vida era buscar la atención a través de los logros. Había una voz solitaria y apacible que todavía estaba tratando de decirme algo diferente. Alrededor del tiempo en que leí la Biblia a los doce años de edad, empecé a interesarme por la historia de Jesús al morir en la cruz por los pecadores. Había recibido suficiente disciplina en mi vida para saber que era un pecador, ¡aunque yo sentía que no era tan malo como los demás!

La historia de la cruz me sugirió que Dios acepta a las personas tal como son, independientemente de sus logros. Sé que mi Amado me llamaba, pero la voz era tan suave en comparación con la otra voz, la cual me sugería que el cielo incurrió en un gran costo para lidiar con mi problema del pecado, y que ya que Dios había pasado por todos estos problemas para enviar a su Hijo a morir por mí, entonces yo realmente necesitaba demostrarle que estaba agradecido. Tenía que manifestar que yo era digno de todo este escándalo y esfuerzo.

Esto tenía mucho sentido para mí. He percibido, en mis muchos encuentros con autoridades humanas, que el tiempo empleado en corregirme causó irritación y agotó recursos valiosos que de otra manera se habrían podido usar para una causa más meritoria. Así como la voz del tentador siempre ha clamado:


¿Para qué este desperdicio? Mateo 26:8.

Vemos, pues, que a través del coro subyacente de la búsqueda de atención, el símbolo más perdurable del amor de un Padre por sus hijos al dar a su Hijo para que muriese se convirtió en el mayor motivo para obtener aprobación y mostrar gratitud a través de la fiel observancia de las disciplinas de la vida cristiana. Estas emociones agitadas de mi alma eran demasiado elementales para un niño de doce años. Sin embargo, se sembraron las semillas y la cosecha se aproximaba.

Después de mi bautismo la voz del tentador me recordó que yo estaba ahora comprometido a ser un buen chico y al mismo tiempo me animaba a llamar la atención por los viejos métodos familiares. Al igual que mi Salvador antes de mí, él estaba tratando de que me probara a mí mismo y que convirtiese las piedras en pan, o que saltara desde el templo para llamar la atención. El sábado era la más dura experiencia en este estado de ánimo. Era como escalar el Monte Sinaí cada siete días. En un corto período de tiempo después de mi bautismo, me empecé a desesperar de poder ser capaz de agradar a Dios. Esto fue poco evidente en mi mente; sencillamente se manifestó en la disminución gradual de interés espiritual, siendo sustituido por las actividades que me ayudaban a olvidar lo que había prometido a Dios.

Mirando hacia atrás, veo las astutas artimañas del tentador atrayéndome hacia un deseo de agradar a Dios, movido por un deseo subyacente para llamar la atención y obtener aprobación. Caí en el resultado predecible de tratar de meterme de lleno en el entretenimiento y la diversión. Justo en los años críticos de la adolescencia, me convertí en una vasija arrastrada por la corriente de desilusión que nació en los vientos de la exaltación propia. En el espacio de cinco años estaba masticando las cáscaras en los comederos de los cerdos.

Mi formación en la infancia me impidió sumergirme en las profundidades de las lesiones autoinfligidas y el abuso en que muchos adolescentes se encuentran, sin embargo, las emociones eran de una cosecha similar. Estoy tan agradecido con mi Amado que no tuve que encontrarme con las cicatrices físicas que experimentan muchos adolescentes. Sólo puedo imaginar lo difícil que fue para él verme responder tan fácilmente a la voz del tentador y seguir sus sugerencias. Qué difícil debe haber sido para él verme recoger la cosecha que había sembrado. Muchas veces pensé que la voz que me guiaba era en verdad la voz de mi Amado cuando tristemente era la voz de mi adversario.

Me estremezco al pensar que sabía tan poco acerca de mi Amado que no podía discernir su voz de la del tentador. El cálido resplandor que venía de recibir un premio en la escuela ante mis compañeros se sentía muy similar al abrazo cálido de mi padre. La risa que estallaba en respuesta a mis payasadas se sentía muy similar a cuando miraba con asombro los cielos estrellados. El hecho de leer la Biblia, orar y asistir a la iglesia eran deseadas tanto por el Amado como por el tentador, pero por razones muy diferentes que estaban más allá de mi comprensión aún en desarrollo.

La batalla para distinguir estas voces se desarrollará en los próximos capítulos. Pido a Dios que al meditar sobre estas cosas, podamos discernir algo de la naturaleza de esta batalla y la estrechez del camino hacia la vida. La idea de que podría fácilmente responder al tentador y herir a mi Amado es una fuente de vergüenza y humillación para mí, pero confío en su amor misericordioso y su tierna paciencia.