He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo - Capítulo 5

Publicado Feb 15, 2013 por Robert J. Wieland En El precioso mensaje de 1888 Aciertos: 722

5. La verdadera purificación de toda maldad

A algunos les cuesta aceptar que la iglesia tenga un problema tan serio como el descrito. Consideran que de acuerdo con 1 Juan 1:9, "si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad". Oran: ‘Señor, perdónanos todos nuestros pecados’, suponiendo que esa fórmula mágica, cada vez que se la repite en oración, pone a cero el contador. La idea de que en el registro todavía algo quede que "no conocen", les resulta casi imposible de aceptar.

Si entendemos el perdón de los pecados solamente en términos de preparación para la muerte y la resurrección, no tenemos necesidad de preocuparnos acerca de nuestro pecado no conocido, aquel que sigue latente bajo la superficie. Pero estamos viviendo en el tiempo de la purificación del santuario. Desde 1844 se ha venido realizando una obra nueva y diferente, una obra de purificación, restauración, limpieza y vindicación. No nos preocupa solamente estar preparados para morir, sino que nuestro interés se centra en estar preparados para la traslación. Se debe efectuar una obra más minuciosa y profunda que la que cualquier generación precedente conociera. La lluvia tardía madura el grano para la siega, y "la siega es el fin del mundo". Por consiguiente, la recepción de la lluvia tardía debe llevar a una preparación para la traslación.

Para comprender correctamente el mensaje a Laodicea, por lo tanto, debemos comprender, mediante el estudio de la Biblia, cómo el pecado no reconocido ha sido un constante problema que ha afectado al pueblo de Dios desde la antigüedad.

1. Muchas declaraciones bíblicas pierden su significado, de no referirlas a ese pecado desconocido.

Dice Jeremías: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" (Jer. 17:9). Se diría que Pablo tenía ese pensamiento in mente, cuando dijo que "la intención de la carne es enemistad contra Dios". Y esa "enemistad" que está en el terreno de lo engañoso, "¿quién la conocerá?". La mente se protege ocultando a nuestra conciencia las verdaderas motivaciones. En el siguiente versículo (Jer. 17:10), leemos: "Yo Jehová, que escudriño el corazón, que pruebo los riñones". "Riñones" constituye una expresión del habla hebrea difícil de explicar, de no referirse a las motivaciones inconscientes del corazón.
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"El Dios justo prueba los corazones y los riñones" (Sal. 7:9).

"Porque tú poseíste mis riñones... Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón: Pruébame y reconoce mis pensamientos: y ve si hay en mí camino de perversidad" (Sal. 139:13,23,24). "Pruébame, oh Jehová, y sondéame: Examina mis riñones y mi corazón" (Sal. 26:2).

Jeremías apela a que el Señor vindique sus verdaderos motivos: "Oh Jehová de los ejércitos, que juzgas justicia, que sondas los riñones... porque a ti he descubierto mi causa" (Jer. 11:20).

Esa noción de descubrir las motivaciones ocultas del corazón trasciende al Nuevo Testamento. Es debido a que el Señor es el único que "escudriña los riñones y los corazones", que dará "a cada uno de vosotros según sus obras" (Apoc. 2:23). Así, cuando el Señor dice posteriormente a Laodicea "yo conozco tus obras", está claro que ese mensaje a Laodicea se trata también de un "escudriñar los corazones y los riñones", un esclarecimiento de las "cosas que antes estaban sepultadas en tinieblas", por tomar prestada la frase de E. White citada anteriormente (E.G.W. CBA vol. 5, p. 1061).

Hemos considerado ya previamente cómo Cristo no tuvo el mismo problema que alberga nuestra mente inconsciente. 2 Isaías dice de él:

Y reposará sobre él el espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y harále entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oyeren sus oídos... Y será la justicia ceño de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de sus riñones. (Isa. 11:2-5).

Cristo no conoció ninguna represión de la culpabilidad. Se tuvo ante el Padre con "fidelidad", ciñéndole así "la justicia". Sus motivaciones eran puras y transparentes.

"Eso no es más que un anuncio de la clase de personas que reunirá el mensaje del tercer ángel, ya que ellos también tendrán "la fe de Jesús", no meramente la fe en Jesús, sino la misma clase de fe que Jesús tuvo, la fe de Jesús. Esa es la profunda experiencia que se ofrece a la iglesia de Laodicea: fe, discernimiento espiritual, y la justicia de Cristo, si se abre la puerta a la que llama el Testigo fiel." (Donald K. Short, A Study of the Cleansing of the Sanctuary in Relation to Current Denominational History [Estudio de la purificación del santuario en relación con la historia denominacional actual], Potomac University Master’s Thesis, no publicada, 1958, p. 46).

2. David oró: "Los errores, ¿quién los entenderá? Líbrame de los que me son ocultos" (Sal. 19:12).

Evidentemente, David no se está refiriendo a faltas que el pecador conoce y oculta a los demás. De ser así, su oración habría sido: "los errores, los entendemos". Indudablemente, aquí se está refiriendo a errores de los que el mismo pecador no es consciente. Se trata de pecado no apercibido.

3. Moisés oró: "Pusiste nuestras maldades ante ti, nuestros pecados ocultos, a la luz de tu rostro” (Sal 90:8, Reina Valera 90)

¿Cuáles son esos pecados ocultos? ¿Son acaso pecados de los que nosotros tenemos conocimiento, pecados que ocultamos de la vista de los demás? ¿O bien son pecados de los que somos inconscientes? No pueden ser pecados que conocemos y hemos confesado, ya que esos no son puestos "ante ti... a la luz de tu rostro", sino que todos esos pecados "echaste tras tus espaldas", "en los profundos de la mar" (Isa. 38:17; Miq. 7:19). Tiene que tratarse de pecados que no han sido confesados; y en el contexto de la oración de Moisés, son aquellos que escapan a nuestro conocimiento.

Moisés describió vívidamente la forma en la que esa reprensión inconsciente opera en todo pecador, desde la caída: "Porque con tu furor somos consumidos, y turbados con tu ira... Todos nuestros días declinan a causa de tu ira, acabamos nuestros años como con un suspiro. Los días de nuestra edad son setenta años" (Sal. 90:7-11). Nuestros días son un conflicto constante con la culpabilidad no reconocida. El Espíritu Santo está constantemente procurando que nos despertemos a ella. Si aceptamos de buen grado cada nueva y más profunda revelación del pecado que antes ignorábamos y somos prontos en confesarlo, la obra de purificación progresa. Pero esa obra, en beneficio del cuerpo de la iglesia en su conjunto, ha sido resistida y retardada por décadas. El mensaje del Testigo fiel y verdadero sigue siendo: "no conoces".

E. White comprendió el problema de las motivaciones inconscientes. En 1906 escribió un artículo en Review and Herald sobre el tema, haciendo una detallada exposición bíblica del asunto. Discernió la forma en que Saulo de Tarso, aunque era sincero, no conocía su propio corazón, señalando que era desconocido para él mismo. El articulo, en esencia, demuestra el reconocimiento de que ese es el gran problema que enfrenta el hombre, y que solamente el ministerio de Cristo en el santuario provee la solución:

Hermanos, día y noche, especialmente en la noche, se presenta ante mí este asunto: ‘Tekel; pesado has sido en balanza, y has sido hallado falto’ ¿Cómo estamos ante Dios en este tiempo? Podemos ser sinceros, y sin embargo, grandemente engañados. Saulo de Tarso era sincero cuando perseguía la iglesia de Cristo, ‘yo ciertamente había pensado deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret’. Era sincero en su ignorancia... Sabemos que no hay ni aun uno, por más fervor con el que esté procurando cumplir con su deber, que pueda decir ‘no tengo pecado’ ... ¿Cómo pues escaparemos al cargo: ‘pesado has sido en balanza, y has sido hallado falto’? Debemos mirar a Cristo. Él convino, a un precio infinito, en ser nuestro representante en las cortes celestiales, nuestro abogado ante Dios.

...pesado y hallado falto, es nuestra inscripción por naturaleza... Que cada uno, joven o viejo, sea honesto consigo mismo, no sea que caiga en las tinieblas, cometiendo graves errores, y colaborando así a que otros los cometan. (Review and Herald, 8 de marzo de 1906).

La primera parte del artículo es virtualmente un estudio bíblico sobre el tema de la mente inconsciente. Cita a Ana, madre de Samuel: "... el Dios de todo saber es Jehová, y a él toca pesar todas las acciones" (1 Sam. 2:3). Salomón comprendió cuán engañados estamos: "Todos los caminos del hombre son limpios en su opinión: Mas Jehová pesa los espíritus" (Prov. 16:2). David discernió el problema: "Los hombres son apenas un soplo, tanto el pobre como el rico. Si se pesaran todos juntos en balanza, pesarían todos menos que un soplo" (Sal. 62:9). E. White continúa entonces así:

Es por el interés eterno de uno mismo que se debe escudriñar el propio corazón, así como desarrollar toda facultad dada por Dios. Que todos recuerden que no hay una sola motivación en el corazón de ningún hombre, que Dios no vea claramente... Necesitamos estar conectados con el poder divino, a fin de tener más y más de la clara luz y comprender cómo razonar de causa a efecto. Necesitamos cultivar los poderes del entendimiento, siendo participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por concupiscencia... No existe un designio, por más intrincado que sea, ni una sola motivación, por más celosamente que se oculte, que él no comprenda claramente. (Id.)

4. Hazael provee un llamativo ejemplo de pecado no manifesto.

Le resultaba imposible admitir que era capaz de hacer las barbaridades que el profeta Eliseo sabía muy capaz de cometer: "sé el mal que has de hacer a los hijos de Israel: a sus fortalezas pegarás fuego, y a sus mancebos matarás a cuchillo, y estrellarás a sus niños, y abrirás a sus preñadas. Y Hazael dijo: ¿Por qué? ¿es tu siervo perro, que hará esta gran cosa?" (2 Rey. 8:12 y 13). Hazael era sinceramente inconsciente de cuanto había oculto en su propio corazón. De igual forma, nosotros somos inconscientes de nuestras auténticas motivaciones, excepto por convicción del Espíritu Santo. Obsérvese lo siguiente:

Si alguno les hubiese dicho [a los juzgadores de faltas ajenas] que a pesar de su celo y trabajo para corregir a los otros se habían de encontrar, a la larga, en una situación semejante de tinieblas, habrían dicho, como le dijo Hazael al profeta: ‘¿Es tu siervo perro, que hará esta gran cosa?’ (Joyas de los Testimonios, vol. 1, p. 480).

Si cuando Acán sucumbió a la tentación se le hubiera preguntado si es que quería traer la derrota y la muerte al campamento de Israel, habría contestado: ‘¡De ninguna manera!, ¿es tu siervo perro, que hará esta gran maldad?’ Pero... fue más lejos de lo que se había propuesto en su corazón. Es exactamente de esa forma en la que los miembros individuales de la iglesia van deslizándose imperceptiblemente hasta... traer el desagrado de Dios sobre la iglesia. (Testimonies, vol. 4, p. 492 y 493).

Recuérdese: lo mismo que en la crucifixión de Cristo, es la motivación lo que permanece oculto, no necesariamente el acto externo. Cuando evaluamos cuán a menudo la sierva del Señor relaciona la inconsciencia del pecado de nuestros hermanos, quienes rechazaron el comienzo de la lluvia tardía en –y a continuación de– la Asamblea de 1888, con el pecado de aquellos que rechazaron a Cristo, comenzamos a sentir cuan terribles son las consecuencias del pecado no consciente que el Testigo fiel y verdadero intenta hacernos ver. ¿Durante cuántas décadas hemos sido responsables de retardar la venida del fuerte clamor? Durante todo este tiempo hemos creído estar motivados por un deseo de adelantar su venida, cuando en realidad ¡la hemos estado retardando!

5. Otro ejemplo clásico del resultado del pecado no reconocido es la experiencia de Ezequías (2 Rey. 20 y 21).

Había sido un buen rey, tanto que de haber dicho ‘Amén’ al mensaje del Señor: "Dispón de tu casa, porque has de morir, y no vivirás", probablemente habría quedado para la historia sagrada como el mejor rey que jamás tuviera el pueblo de Dios. No era consciente de las raíces ocultas del mal que yacían latentes en lo desconocido de su corazón. Oró: "Ruégote, oh Jehová, ruégote hagas memoria de que he andado delante de ti en verdad e íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan. Y lloró Ezequías con gran lloro" (2 Rey. 20:3). ¡Pero su corazón no era íntegro! Cuando le fueron añadidos quince años de vida, vino a ser víctima de las motivaciones egoístas inconscientes y malogró todo el bien que había conseguido en el anterior período de su vida. Engendró y adiestró al malvado Manasés.

Jeremías hizo un juicio retrospectivo de la última era de su reinado: La caída de la nación de Judá se produjo "a causa de Manasés hijo de Ezequías rey de Judá, por lo que hizo en Jerusalem" (Jer. 15:4). Todo el mal que Ezequías hizo en esos últimos quince años estaba ya latente en su corazón, antes de sobrevenirle la enfermedad. "Los libros del cielo registran los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido oportunidad" (E.G.W. CBA, vol. 5, p. 1061).

Como el buen rey Ezequías, intentamos vernos (e intentamos mostrarnos a los demás)  como si estuviésemos sirviendo al Señor con "íntegro corazón". Hemos malentendido durante tanto tiempo 1 Juan 1:9, que dudamos en aceptar la posibilidad de la existencia de un reservorio inconsciente de pecado, tras haber sido "convertidos". ‘Hemos confesado nuestros pecados’ –insistimos–, por lo tanto, ‘el Señor habrá sido fiel y justo para limpiarnos de toda maldad. No hay pecado del que no hayamos sido limpiados’. Lo que no hemos comprendido es que el Señor no nos puede limpiar de ninguna maldad que todavía no hayamos reconocido y confesado de manera inteligente.

En el caso de Ezequías, "Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón" (2 Crón. 32:31). La inspiración dice que será igual para los santos, en los últimos días. "Deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador" (El Conflicto de los siglos, p. 478 y 672). Hay un paralelismo exacto con el caso de Ezequías. Pero los santos no se podrán permitir entonces la locura de Ezequías, ya que "si fuesen reconocidos indignos de perdón y hubiesen de perder la vida a causa de sus propios defectos de carácter, entonces el santo nombre de Dios sería vituperado" (Id., p. 677).

La vindicación de Dios, y por lo tanto la triunfante conclusión de "la gran controversia entre Cristo y Satanás" depende para su éxito de aquello en lo que Ezequías fracasó. ¿Permitirá Dios que la prueba sobrevenga antes de que estemos preparados para ella?

Ezequías descansando en su tumba, es el tipo de millares de "buena" gente que murió ya. Consciente y sinceramente sirvieron al Señor de acuerdo con su mejor conocimiento y comprensión. Pero, como Ezequías, ninguna generación comprendió jamás el pleno potencial de su corazón, la enemistad inconsciente contra Dios que subyace bajo la superficie. Ninguno de entre ellos debió resistir la prueba de tener que "estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador". Eso es así porque ninguno de ellos recibió "la expiación final", lo único capaz de remediar el problema de la enemistad no percibida contra Dios. (La expresión "expiación final" no debiera ser relegada al Ático adventista, a modo de noción equivocada, propia de nuestros inocentes pioneros. Aparece más bien frecuentemente, y cargada de significado, en los escritos de E. White. Hay asimismo sólida evidencia de que la Escritura sostiene esa noción, incluida en el abarcante concepto de la purificación del santuario).

Obsérvese que ninguna generación del pueblo de Dios ha recibido jamás la "expiación final". El hecho de que haya habido unos pocos individuos trasladados, como Enoc o Elías, puede indicar que esa experiencia haya sido conocida aisladamente por algunos, en anteriores generaciones.

Notas:

  1. Los "riñones", es una expresión tanto hebrea como del griego neotestamentario. Para los antiguos, relativamente desconocedores de la fisiología humana, los riñones representaban las profundidades desconocidas de los sentimientos y emociones. En The Expositor’s Greek New Testament, vol. 5, p. 361, 362, leemos:
    "Yo conozco los abismos" y "discierno los corazones y escudriño los riñones" eran títulos que los antiguos egipcios daban a los seres divinos. Ese conocimiento íntimo del hombre va más allá de la apariencia superficial... El conocimiento divino de la vida real –secreta– del hombre, está en la base del juicio infalible, imparcial" [que se atribuía a los dioses]. (Volver al
    texto)
  2. (N. del T.): "Nunca hizo él maldad, ni hubo engaño en su boca" (Isa. 53:9). "¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?" (Juan 8:46). (Volver al texto)