Descubriendo la cruz - 4 - ¿Cómo llegó Lucifer a odiar la cruz?

Publicado Feb 19, 2013 por Robert J. Wieland En El precioso mensaje de 1888 Aciertos: 1,052

La “carne y la sangre” no pueden comprender la idea de la cruz, pero ¿podía Satanás comprenderla? No cabe achacarle ninguna falta de inteligencia. Es consciente de su siniestra obra.

A fin de perseguir la cruz, debió comprenderla con claridad. Si le fuese desconocido algún aspecto de la salvación, en esa medida su oposición a la verdad sería torpe e ineficaz. No sería entonces digno de su nombre, “diablo y Satanás”. No. La rebelión de Satanás es de carácter pleno y consciente.

El porqué permanecerá por siempre como el inescrutable “misterio de iniquidad”. El cómo de su rebelión incluye el más determinado e inteligente odio a la cruz.?Pedro, en su humana inocencia, al procurar apartar a Jesús de la cruz, se acercó mucho al terreno que pisó Lucifer. Cuando Satanás tentó a Adán y Eva en el jardín del Edén, su argumento fue la seguridad de que en la transgresión obtendrían una vida superior a aquélla para la que habían sido creados. “Seréis como Dios”, les aseguró (Gén. 3:5). Ese deseo de ser como Dios es el mismo que llevó al pecado original de Satanás en el cielo:

“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo del alba! Fuiste echado por tierra, tú que abatías a las naciones. Tú que decías en tu corazón: ‘Subiré al cielo, en lo alto, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono, en el Monte de la Reunión, al lado norte me sentaré. Sobre las altas nubes subiré, y seré semejante al Altísimo’” (Isa. 14:12-14).

Nadie puede ser como Dios sin procurar desplazar a Dios, puesto que sólo uno puede ser “el Altísimo”.

Lucifer comenzó a amarse a sí mismo

Tal ha llegado a ser la “mente” natural de todos nosotros, de no mediar la redención. Pero el amor al yo “es enemistad contra Dios” (Rom. 8:7). La enemistad, a su vez, lleva al asesinato. Dijo Jesús del diablo: “él ha sido homicida desde el principio” (Juan 8:44). Eso es cierto, ya que “todo el que aborrece a su hermano es homicida” (1 Juan 3:15). Satanás aborreció a Dios, tuvo celos de él. Así, desde el mismo principio de la rebelión de Lucifer en el cielo, comenzó a dibujarse la silueta de una cruz en las sombras de la historia de la eternidad.

Sin duda alguna Lucifer debió comenzar a ver en qué desembocaría su rebelión. Comprendió que el crimen que abrigaba en su alma era de naturaleza tenebrosa y horrible: el asesinato del eterno Hijo de Dios. Así de terrible es ceder a la devoción por el yo. Por cinco veces podemos leer en el corto pasaje de Isaías acerca de la pasión de Satanás por sí mismo. El pecado tiene su raíz en la indulgencia hacia el yo.

El problema de raíz de Satanás era amargura contra la noción de ágape, un amor que define el carácter mismo de Dios, enteramente diferente de todo cuanto nosotros, los humanos, entendemos por “amor”. Nuestro amor “ama” a la gente buena; mientras que el ágape ama por igual a los indignos y a los viles. El tipo de amor que nos caracteriza depende de la belleza del objeto amado; pero el ágape ama sin distinción a lo aborrecible, también a nuestros enemigos. Nuestro amor depende del valor del objeto amado, mientras que el ágape crea valor en aquél a quien ama. Nuestro amor está siempre presto a escalar más arriba, así como el de Lucifer buscó establecer su trono “por encima de las estrellas de Dios”; el ágape, en cambio, está dispuesto a humillarse y descender tal como hizo el Hijo de Dios en esos siete pasos de increíble condescendencia que describe Filipenses 2:5 al 8. Nuestro amor humano está siempre ávido por recibir; el ágape siempre está dispuesto a dar. Nuestro amor humano desea recompensa, mientras que el ágape está dispuesto a prescindir generosamente de ella.

Por último, lo que Satanás aborreció por encima de todo fue la revelación plena del ágape manifestada en Cristo: su disposición a ceder hasta la vida eterna, a morir la segunda muerte. Tal es la expresión suprema del ágape que Lucifer intenta ocultar desesperadamente del mundo y del universo. Es exactamente lo opuesto a todo cuanto tiene que ver con él. Lucifer tuvo que poder ponderar y reflexionar en el camino que estaba escogiendo. ¿Se arrepentiría, mientras había aún oportunidad? De ser así, sólo un camino permitiría que venciese el pecado de su alma angélica: ese indómito “yo” que codiciaba ser “semejante al Altísimo” y echarlo de su santo trono, tendría que morir. El pecado en Lucifer tendría que ser crucificado.

¿Qué convirtió a un ángel de luz en diablo o Satanás?

Una cruz espiritual en la que Lucifer muriera al yo hubiera sido la única salida a ese dilema en su incipiente guerra contra Dios. Todo su orgullo, su ego, su mimado y consentido “yo” tenía que ser depuesto voluntariamente, por libre elección, de forma que sólo la verdad, justicia y santidad prevalecieran. Lucifer estuvo tan cercano a proceder así, que llegó a comprender el significado del camino hacia su liberación.

Luego rechazó ese camino, de forma enfática, impenitente e irrevocable. ¡No tomaría ninguna cruz! Definitivamente, de forma deliberada e inteligente, Lucifer repudió la idea de la negación del yo y del sacrificio propio. Instituiría un nuevo proceder en el vasto universo de Dios: el amor a uno mismo, la búsqueda de lo propio, la auto-afirmación, la exaltación del yo. Así rechazó Lucifer la cruz.

Fue entonces cuando vino a ser el diablo y Satanás, “ese gran dragón, la serpiente antigua... que engaña a todo el mundo” (Apoc. 12:9). Un ángel de luz que aborrece la cruz se convierte en el enemigo de Dios (y el nuestro).

Ese amargo e incesante opositor al principio divino de la cruz sabe bien que para cualquier criatura pecaminosa en el universo, el único camino de retorno a la justicia es el camino de la cruz. De ahí su plan meditado y calculado por borrar

ese camino del conocimiento de la humanidad. Todo lo satánico se opone a la cruz, de donde se deriva la profunda verdad de que todo lo que se opone a la cruz es satánico.

¿Por qué la severidad del reproche hecho a Pedro?

A la luz de lo anterior se comprende mejor la dureza de la reprensión del Salvador. No se trataba de una explosión de ira por parte de Jesús. Pedro no sólo estaba pensando “como piensan los hombres”, sino como piensa Satanás. Sin saberlo, estaba dando expresión a los sentimientos del enemigo al urgir a Jesús a que pusiese sus intereses primero, y renunciara a ir a Jerusalem para ser crucificado. El interés propio, la preocupación por uno mismo, la preservación espiritual de sí, son los conceptos supremos para ese poderoso ángel caído. Ahora lo estaban siendo también para Pedro. ¿Acaso no lo son para nosotros?

El pensar “como piensan los hombres” tiene un siniestro origen espiritual, tal como Pedro nos demuestra. Pedro vino a encontrarse cooperando inconscientemente con Satanás en su campaña anti-cruz. En el fondo, la tentación a evadir la cruz era el arma suprema de Satanás, empleada contra Jesús una y otra vez a lo largo de toda su vida en la tierra.

Satanás no ignoraba el principio de la cruz. Sin embargo, no podía comprender el amor divino revelado en Cristo encarnado, hasta el punto de llevarlo paso a paso hasta el sacrificio supremo y voluntario. La última provocación sarcástica lanzada maliciosamente contra Cristo fue inspirada por Satanás: “Sálvate a ti mismo. Desciende de la cruz” (Mar. 15:30). Y ahora, en Cesárea de Filipo, el interés propio era el principio reinante en el corazón de Pedro. Estaba efectivamente diciendo: “Sálvate a ti mismo”, Señor. Jesús lo llamó por su propio nombre cuando dijo: “Quítate de delante de mí, Satanás”. Pedro era anti-cruz.

¿Somos mejores que Pedro?

Haríamos bien en guardarnos de actitudes de superioridad en relación al discípulo. Era cristiano y amaba ardientemente a

su Maestro. No era un simple “miembro de iglesia”, sino un ministro ordenado. Podría haberse jactado de su facultad de echar demonios en el nombre de Cristo. Quizá resonaban aún en sus oídos las palabras de elogio que le acababa de dirigir Jesús: “Dichoso eres, Simón...” (Mat. 16:17). Sin embargo, se hallaba inconscientemente aliado con Satanás, en su intento por oponerse a lo que Jesús tenía que hacer.

También nosotros somos cristianos que amamos a nuestro Señor fervientemente. Podemos obrar por él, y podemos señalar con orgullo y satisfacción un impresionante pasado de servicio prestado a su causa. Podemos también alegrarnos de que los diablos se nos sujeten en nombre de Cristo y de que Satanás caiga del cielo como un rayo ante nuestra palabra. Pero ¿es posible también que sin saberlo estemos en la misma situación de confusión espiritual en la que estaba Pedro, en aquel día en el que el Señor le dijo: “Quítate de delante de mí, Satanás”?

Si fue posible para el sincero, entrañable y encantador discípulo el prestarse ciegamente a las estrategias del enemigo, quizá no sea menos posible que nosotros lo hagamos. El que tan indeseable epíteto pueda o no aplicarse a nosotros, depende de la actitud de nuestro corazón ante la cruz.

“El que piensa estar firme, mire que no caiga”. Lo mismo que los discípulos, estamos en necesidad de acercarnos más aún a Jesús, a fin de oír su siguiente lección sobre el significado de la cruz.