Cristo en ti

Publicado Feb 15, 2014 por Lynnford Beachy En El Padre y el Hijo Aciertos: 22,538

Cristo en ti

Cristo en ti II

 

1. Cristo en ti

Es absolutamente necesario que permitamos que Cristo viva en nosotros. Esto es tan vital para nuestra salvación como lo es su muerte en la cruz. Jesús dijo, “De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él.” (Juan 6:53,56).

Comer su carne y beber su sangre es participar de su vida, permitiéndole permanecer en nosotros, y nos hace parte de su cuerpo, de esta manera nosotros también permanecemos en Él. Al permitir que Cristo “more por la fe en vuestros corazones” (Efesios 3:17), podemos ser “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). Sin esta experiencia, Jesús dijo, “no tenéis vida en vosotros.” “El que tiene al Hijo tiene la vida, y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.” (1 Juan 5:12). Pablo exclamó, “Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria.” (Colosenses 1:27). Esta es nuestra única esperanza de salvación. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él.” (Romanos 8:9). Todos debemos de ser capaces de decir, con Pablo, “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20). “Mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo.” (1 Juan 4:4)

Cuando Cristo estuvo aquí, clamó a Dios, dirigiéndose a Él como “Abba, Padre.” (Marcos 14:36). Este término expresa una relación personal cercana con su Padre. Esta misma relación es también nuestra dádiva. “Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre.” (Romanos 8:15). Cuando recibimos este Espíritu, también clamamos, “Abba, Padre.” Pablo explicó, “Y por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en vuestros corazones, el cual clama: Abba, Padre.” (Gálatas 4:6). Es Cristo en ti clamando “Abba, Padre.” Al darnos el Espíritu de su Hijo, Dios nos está dando esa relación personal cercana que Él tiene con Su Hijo. ¡Esto es hermoso!

El mejor regalo que Dios alguna vez ha dado es el don de su Hijo unigénito, al cual dio por nuestros pecados para que podamos vivir para siempre. (Lea Juan 3:16) No sólo dio a su Hijo a morir por nosotros, sino que también lo dio para vivir en nosotros. En Su último discurso a sus discípulos, la noche antes de su muerte, Jesús les habló de este maravilloso regalo.

2. Cristo en ti - El Consolador prometido

Jesús dijo, “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:15,16).

La finalidad del don del Consolador es que Él pudiese morar para siempre con los discípulos. Esta fue una excelente noticia para los ellos, porque estaban tristes al escuchar de la pronta partida de Cristo. Jesús continuo su discurso, declarando que enviaría “el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque ni le ve ni le conoce, pero vosotros sí le conocéis porque mora con vosotros y estará en vosotros.” (Juan 14:17).

Jesús dijo que el mundo no podía recibir el Espíritu de verdad, porque este no le ve ni le conoce. El mundo no puede recibir el buen regalo del Consolador porque no reconoce este regalo. No ve que este regalo está a su disposición ni conoce quien es el Consolador.

Inmediatamente después de esta explicación, Jesús dijo algo impresionante. Él les dijo a sus discípulos, “pero vosotros sí le conocéis.” ¿Cómo podrían los discípulos conocer al “Consolador, el Espíritu Santo,” (v. 26)[1], si Jesús no había aun orado por este regalo, y evidentemente todavía aún no se había dado? Juan declaró, “el Espíritu Santo aún no había sido dado; porque Jesús no había sido aún glorificado.”(Juan 7:39). Jesús explicó, “le conocéis porque mora con vosotros y estará en vosotros.” (Juan 14:17). ¿Quién moraba con los discípulos? ¡Jesucristo, por supuesto! Jesús explicó que pronto esta Persona que moraba con ellos estaría en ellos.

Ciertamente sería mejor que el Consolador morara en los discípulos en vez de morar afuera de ellos. Esto es exactamente lo que Jesús dijo un momento poco más tarde, “Pero yo os digo la verdad: os conviene [es provechoso] que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré.” (Juan 1 6:7).

Jesús dijo que Sus discípulos se beneficiarían si Él los dejaba, iba a su Padre y enviaba al Consolador para que morara en ellos. También señaló que la venida del Consolador dependía de su partida, y glorificación. Mientras Cristo estuviera viviendo en la tierra como un hombre, no era posible que el Consolador prometido viniera a vivir en los discípulos.

Mientras continuamos leyendo Juan 1:4 encontramos que Jesús no terminó su conversación en el versículo 1:7. En el próximo versículo dijo; “No os dejaré huérfanos;

vendré a vosotros.” (Juan 14:18). Esto arroja una gran cantidad de luz sobre el tema. Esto explica porque el Consolador no podía venir hasta después que Cristo se marchara y fuese glorificado, porque Cristo dijo que Él mismo volvería a sus discípulos para consolarlos.

Continuemos leyendo el discurso de Cristo para ver si Él reforzó este punto. Él dijo, “Aun un poquito, y el mundo no me verá más; empero vosotros me veréis; porque yo vivo, y vosotros también viviréis. En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.” (Juan 14:19,20).

Unos pocos momentos antes Jesús les había dicho a Sus discípulos que el Consolador “estará en vosotros.” Ahora, Jesús dice que cuando venga el Consolador, ‘conoceréis… que yo estoy en vosotros.’ Jesús le aseguró a sus discípulos que no enviaría alguien diferente a consolarlos, sino que Él mismo vendría para ser su Consolador. ¡¿No es eso hermoso?! Los discípulos se habían convertido en amigos íntimos de Cristo, tan cerca que Juan se sentía cómodo recostándose sobre su pecho. Era un consuelo para ellos cuando Cristo estaba cerca. Ahora Jesús les dice una noticia maravillosa. Él les dice que después que fuera a su Padre, regresaría a ellos como el Consolador, y ellos sabrían que era Él quien estaría morando en ellos—ellos le reconocerían como la misma Persona quien estaba morando con ellos, y que ahora estaba en ellos, por su Espíritu.      

Luego, Jesús dijo algo que provocó que uno de sus discípulos le preguntara cómo esto podría ocurrir. Jesús dijo, “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, aquél es el que me ama; y el que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré á él. Dícele Judas, no el Iscariote: Señor, ¿qué hay porque te hayas de manifestar á nosotros, y no al mundo? Respondió Jesús, y díjole: El que me ama, mi

palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos á él, y haremos con él morada.” (Juan 14:21,23).

Para remover cualquier posibilidad de ser malentendido, Jesús hizo abundantemente claro que después que se fuera del mundo, regresaría para hacer morada en los corazones de sus discípulos. No solo regresaría, sino que su Padre vendría con él, de manera que ambos vivirían en los corazones de sus hijos, no físicamente, sino por el Espíritu de Dios. De esta manera, los discípulos podrían tener una comunión y relación más intima tanto con el Padre como con su Hijo.

Juan enfatizó esto cuando escribió, “Lo que hemos visto y oído, os proclamamos también a vosotros, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y en verdad nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.” (1 Juan 1:3). Juan expresó está hermosa verdad que tanto Dios, el Padre, y su Hijo, Jesucristo, vivirían en nosotros en varios versículos. Él escribió, “Todo el que se desvía y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la enseñanza tiene tanto al Padre como al Hijo.”(2 Juan 1:9). En 1 Juan 2:22,23 escribió “¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo tampoco tiene al Padre; el que confiesa al Hijo tiene también al Padre.” (1 Juan 2:22,23). Es verdaderamente una bendición tener una comunión personal tanto con el Padre y su Hijo, y estoy muy agradecido que Dios ha puesto esto a nuestro alcance.

3. Esperando la promesa

Debido a que Jesús estaba por ascender al cielo, mando a sus discípulos “que no salieran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre: La cual, les dijo, oísteis de mí.” (Hechos 1:4). Jesús señaló a sus discípulos hacía el día cuando el Espíritu Santo sería derramado sobre ellos con gran poder. Él continuó, “pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.” (Hechos 1:8).

Los discípulos esperaron en el aposento alto en Jerusalén para que el Espíritu fuera derramado como fue prometido. Después que vino, ellos predicaron el evangelio de Cristo Jesús con poder a muchos judíos que estaban congregados en Jerusalén. Concerniente al derramamiento del Espíritu Santo, Pedro dijo, “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado a la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.” (Hechos 2:32,33).

El regalo que fue derramado en el Pentecostés está aún disponible para nosotros hoy en día, y lo podemos obtener si lo reconocemos y lo aceptamos. Sin embargo, el regalo

del Espíritu Santo no siempre estuvo disponible de la misma manera. De hecho, la Biblia nos dice que Dios ha provisto algo mejor para nosotros, que lo que puso para aquellos que vivieron antes de que Cristo viniera a la tierra. Leemos acerca de esto en el capítulo 11 de Hebreos. Después de relatar acerca de la poderosa fe de los patriarcas y profetas, el capítulo termina diciendo, “Y todos éstos, aunque obtuvieron

buen testimonio mediante la fe, no recibieron la promesa; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados sin nosotros.” (Hebreos 11:39,40). ¡Esto es maravilloso!

Dios ha provisto algo mejor para nosotros que lo que había provisto para todo los grandes hombres y mujeres de fe en Hebreos. Todos ellos murieron sin recibir la promesa del Consolador de la cual habló Jesús en Juan 1 4 y en Hechos 1. Por favor no me malentiendas –el Espíritu Santo estaba trabajando en los corazones de la gente mucho antes que el día del Pentecostés, ayudándoles a vencer el pecado. El Patriarca David escribió, “No me eches de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu.” (Salmos 51:11). Esto muestra que el Espíritu Santo estaba trabajando antes que Cristo viniera a la tierra. No solamente esto, sino para ser más específico, la Biblia dice que el Espíritu de Cristo trabajo en los tiempos del Antiguo Testamento. Pedro escribió acerca de los profetas, “Acerca de esta salvación, los profetas que profetizaron de la gracia que vendría a vosotros, diligentemente inquirieron e indagaron, procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos, al predecir los sufrimientos de Cristo y las glorias que seguirían.” (1 Pedro 1:10,11). El Espíritu de Cristo estaba viviendo en los profetas, mucho antes que el día del Pentecostés, pero, de acuerdo a las Escrituras, había algo especial acerca de la venida del Consolador en el Pentecostés; algo diferente y mejor que lo que se había derramado anteriormente. Leamos acerca de este mejor regalo.

4. Algo mejor

En Hebreos 2:18 encontramos la clave que explica que fue mejor acerca del derramamiento Pentecostal del Espíritu Santo. Dice: “Porque en cuanto Él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer [ayudar] a los que son tentados.” ¡Aquí está la respuesta! Es algo mejor que está a nuestra disposición hoy en día, que no podía estar disponible para los profetas de la antigüedad. Aunque el Espíritu de Cristo vivió en los profetas, Cristo aun no había sido tentado, y por lo tanto no les podía ayudar del mismo modo que nos puede ayudar ahora. La palabra “socorrer” en este versículo fue traducida de la palabra griega ???????, que significa, “auxiliar, aliviar, ayudar,” y, como lo pone el Thayer’s Greek Lexicon [léxico griego de Thayer], esto también significa, “correr al clamor de aquellos en peligro.” ¡Me gusta esta definición!

El versículo nos dice que porque Cristo sufrió siendo tentado, Él posee la habilidad de venir prontamente a nuestro auxilio cuando clamamos a Él por ayuda en nuestras tentaciones. La Biblia dice, “E invócame en el día de la angustia: Te libraré, y tú me honrarás.” (Salmos 50:15). Cuando estamos siendo tentados, nos encontramos en un problema serio, y si invocamos al Señor por ayuda, Él vendrá a nuestro auxilio inmediatamente para darnos la victoria que necesitamos tan desesperadamente. Cristo es capaz de hacer esto por nosotros de una manera que no podía hacerlo por los profetas de antaño porque ahora Él ha experimentado lo que es ser tentado. Es por esto, que Jesús llama al Consolador, “otro Consolador.”

La palabra griega ???????, que fue traducida “otro” en este versículo, fue usada en la versión griega del Antiguo Testamento en 1 Samuel 10:6. Aquí se dice de Saulo, “Entonces el Espíritu del SEÑOR vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre.” (1 Samuel 10:6). Saulo se convirtió en otro hombre por la experiencia que él vivió.

Jesús se convirtió en otro Consolador porque ahora Él ha experimentado como se siente ser tentado. Piensa esto por un minuto. Imagínate que tienes un hijo adolescente que murió en un accidente aéreo, y que la próxima semana tu esposa muere en un accidente automovilístico. Ahora imagínate que yo fuera adonde ti y te dijera, “Yo sé exactamente por lo que estás pasando,” aunque yo nunca haya pasado por esa experiencia. ¿Acaso podría consolarte con esas palabras? ¡Claro que no! Si yo nunca he vivido lo que tú has experimentado, me sería muy difícil entender lo que estás pasando o ayudarte a sobrellevarlo. La Biblia dice que Jesucristo “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” (Hebreos 4:1 5). Jesucristo experimento lo que nosotros sentimos al ser tentados y, por esto, nos puede ayudar cuando estamos siendo tentados en una manera mayor que lo que podía hacer antes de su venida a la tierra.

A nosotros se nos ha dado una preciosa promesa en 1 Corintios 10:13. Esta dice, “No os ha tomado tentación, sino humana; mas fiel Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis sino que con la tentación dará también la salida, para que podáis resistir.” La manera de escape que Dios ha dispuesto para nosotros es la de invocar al Señor para el auxilio. Cada vez que somos tentados, si le invocamos, Él nos ayudará.

Y Dios ha prometido que Él ha dispuesto esta ruta de escape para toda tentación. Ese antiguo refrán, “el diablo me hizo hacerlo,” es absolutamente falso. El diablo puede utilizar tentaciones fuertes, pero él nunca puede obligarte a pecar. Siempre hay una ruta de escape, y nuestro Consolador está anheloso de darte la victoria. “Mas gracias dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.”(1 Corintios 1 5:57).

Jesús dijo que cuando el Consolador venga, “redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio." (Juan 16:8). Esto es exactamente lo que la Biblia dice que Jesús haría cuando regresara a nosotros como nuestro Consolador. En el libro de Los Hechos leemos, “A vosotros primeramente, Dios, habiendo resucitado a su Hijo Jesús, le envió para que os bendijese, al convertirse cada uno de su maldad." (Hechos 3:26). Después que Dios resucito a Su Hijo de entre los muertos, envió su Espíritu a nuestros corazones, para bendecirnos convirtiéndonos de nuestra maldad. Jesús es la Persona más calificada para hacer este trabajo, porque Él “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” (Hebreos 4:15).

Alabemos al Señor porque tenemos un Consolador, que conoce lo que pasamos en nuestra lucha con la tentación, y que nos puede ayudar durante ellas mejor que cualquier otra persona. Esta es nuestra esperanza de gloria. Este es el regalo que Dios esta anheloso de dar a todo aquel que lo pidiere. (Lucas 11:13). Este es el regalo que “el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce” (Juan 14:17). El mundo no reconoce que este don existe; ellos no conocen quien es su Consolador y, por lo tanto, no pueden recibirlo.

Amigo, Dios no quiere que estés como el resto del mundo. Él quiere que sepas quién es tu Consolador para que puedas recibir los beneficios completos de este bendito regalo. Jesús dijo, “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.” (Juan 14:18). Jesucristo, el Hijo de Dios, es nuestro Consolador. De hecho, Juan nos dijo exactamente esto en 1 Juan 2:1. Observe lo que él escribió:

“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado,abogado [???????????: Consolador] tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”Las otras cuatro veces donde ??????????? fue utilizado en la Biblia fue traducido como “Consolador”.

5. ¿Qué es un espíritu?

Hemos aprendido que Dios envió el Espíritu de Su Hijo a nuestros corazones para consolarnos, ¿pero que es un espíritu? Algunos piensan que un espíritu es un fantasma, un fantasma sin cuerpo flotando alrededor. ¿Es esto lo que Dios envía para consolarnos? ¡Por supuesto que no! De acuerdo al American Heritage Dictionary [Diccionario de Herencia Americana], un fantasma significa: “El espíritu de una persona muerta, especialmente uno que se creía muerto que aparece en semejanza física a personas vivas o para espantar lugares conocidos.” El Espíritu Santo no es un fantasma como se describe arriba. Leamos que dice la Biblia y veamos que dice acerca de un espíritu.

En el libro de Job dice, “Ciertamente espíritu hay en el hombre, y la inspiración del Omnipotente le da entendimiento.” (Job 32:8). Daniel explicó, “Yo Daniel, fui turbado en mi espíritu en medio de mi cuerpo, y las visiones de mi cabeza me asombraron.” (Daniel 7:15). Un espíritu es la parte de la persona que puede ser inquietada. En el evangelio de Marcos leemos, “Y al instante Jesús, conociendo en su espíritu que pensaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones?” (Marcos 2:8). Un espíritu es la parte de la persona que puede percibir o entender las cosas. El rey de Babilonia tuvo un sueño, y él le dijo a sus hombres sabios, “He tenido un sueño, y mi espíritu se ha perturbado por saber del sueño.” (Daniel 2:3).

Un espíritu es la parte de una persona que puede preocuparse. Estos pocos textos bíblicos confirman la definición de “espíritu” encontrada en el American Heritage Dictionary, que dice: “La parte del ser humano asociada con la mente, la voluntad, y sentimientos.”

El hombre tiene un espíritu, ¿pero, tendrá Dios un Espíritu? Nota como Pablo compara al espíritu del hombre con el Espíritu de Dios: “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.” (1 Corintios 2:11). Aquí el espíritu

del hombre es comparado con el Espíritu de Dios. Al igual que el hombre tiene un espíritu, Dios también tiene un Espíritu, y su Espíritu, justo como el espíritu del hombre, es la parte de Él “asociada con la mente, la voluntad, y sentimientos.” El Espíritu Santo es el “Espíritu Santo de Dios,” (Efesios 4:30). Así le sucede al espíritu del hombre, el Espíritu de Dios puede ser entristecido o enojado. El Espíritu de Dios le pertenece a Dios, tal como mi espíritu me pertenece a mí.

Supongamos que un amigo y yo venimos a ti, y te dijéramos, “Quisiera presentarte a mi espíritu. Él es mi amigo que está parado junto a mí.” ¿Qué pensarías? inmediatamente reconocerías que yo tengo un concepto torcido de lo que es mi espíritu. No es otra persona, separada de y distinta a mí. Mi espíritu es realmente yo, es quien yo soy. Si yo digo, “Es muy agradable tener a mi mamá a mi alrededor; ella tiene un espíritu excelente,” usted no supondría que yo estoy hablando de dos personas. Yo solamente estaría hablando de una persona, mi mamá, quién tiene una personalidad y carácter agradable.

Me gustaría que notaras algo de cómo el término “Espíritu Santo” se usa en la Biblia. Lucas registró una conversación que Jesús tuvo con sus discípulos. Jesús dijo, “Y cuando os trajeren a las sinagogas, y los magistrados y potestades, no os preocupéis de cómo o qué habéis de responder, o qué habéis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñarán la misma hora que debéis de decir.” (Lucas 12:11,12). Mateo registra la misma conversación, pero nota las palabras diferentes que él utiliza para describir al Espíritu Santo: “Mas cuando os entregaren, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquella misma hora, os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.” (Mateo 10:19,20).

Aquí vemos que el Espíritu Santo es llamado, “el Espíritu de vuestro Padre.” Esto es muy apropiado, porque más tarde Jesús dijo, “Pero cuando viniere el Consolador, el cual yo os enviaré del Padre, el Espíritu de Verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí.” (Juan 15:26). Aquí Jesús explicó que “el Consolador, el Espíritu Santo” (Juan 14:26), procede del Padre. En otras palabras, el Padre es la fuente del Espíritu Santo, porque es su Espíritu. Por favor no se confundan aquí. Anteriormente vimos que Jesús Cristo es nuestro Consolador. Observen que en el versículo que acabamos de leer, Jesús dijo que Él enviaría el Consolador, que viene del Padre. Esto es lo que dijo Pedro en el día de Pentecostés, cuando él explicó que Jesús, “exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que ahora vosotros veis y oís.” (Hechos 2:33).

El Consolador viene del Padre a través del Hijo a nosotros. Pablo lo explicó de esta manera, “[Dios] nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hayamos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo; el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3:5-6). Así que vemos que el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre, el cual Él nos envía a través de Jesucristo, y cuando recibimos el Espíritu, estamos recibiendo tanto el Espíritu del Padre, como el Espíritu de su Hijo. Dos Personas vienen a vivir en nosotros, y tenemos comunión tanto con el Padre como con su Hijo.

6. Dos personas divinas

Algunas personas se confunden en respecto al Espíritu Santo, como si fuera un tercer individuo, separado y distinto de Dios el Padre y su Hijo Jesucristo. Quisiera que observaran algunos hechos de la Biblia. Existen veintisiete libros en el Nuevo Testamento. Quince de ellos se inician con un saludo similar a este: “Gracia sea a vosotros, y paz de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo” (Gálatas 1:3). De todas estas salutaciones, ninguna menciona al Espíritu Santo como un individuo separado.[2]

Cuando la autoridad y veracidad de Jesús fue cuestionada por los judíos, Jesús mencionó a dos individuos que dan testimonio de Él: Él mismo, y su Padre. Él dijo, “Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió. También está escrito en vuestra ley que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo; y el Padre que me envió da testimonio de mí.” (Juan 8:16,18). Si Jesús conocía de un tercer ser divino que podía dar testimonio en su favor, Él lo habría mencionado aquí, pero no lo hizo. Cuando Jesús hablo de los judíos que lo odiaban, dijo, “El que me aborrece, también a mi Padre aborrece. Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora también ellos las han visto, y nos han aborrecido a mí y a mi Padre.” (Juan 15:23,24). Jesús hablo repetidamente de Él y su Padre, sin ninguna mención de otro individuo. Cuando Pablo le encargó a Timoteo a observar las cosas que le había enseñado, llamó al cielo a ser testigo de esta solemne comisión. Él escribió, “Te encargo solemnemente en la presencia de Dios y de Cristo Jesús y de sus ángeles escogidos, que conserves estos principios sin prejuicios, no haciendo nada con espíritu de parcialidad.” (1 Timoteo 5:21). Si Pablo conocía a un tercer individuo divino, él lo habría mencionado aquí, pero no lo hizo. Aún más, Pablo mencionó a los ángeles en vez de mencionar a un tercer individuo. Obviamente, Pablo no creía en la existencia de una tercera persona divina.

Cuando Juan habla de la comunión con personas divinas, solamente menciona a dos: “Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente con el Padre, y con su Hijo Jesucristo.” (1 Juan 1:3). Juan también escribió, “Cualquiera que se rebela, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, el tal tiene al Padre y al Hijo.” (2 Juan 1:9). Mediten algo por un momento: Hay muchas partes en la Biblia donde el Hijo le habla al Padre. Hay también muchas partes donde el Padre le habla a su Hijo. Pero, nunca se registra que el Padre le habló a una tercera persona llamada “el Espíritu Santo.” Tampoco hay ningún registro del Hijo hablándole al Espíritu Santo. Aún más, no existe ningún registro donde el Espíritu Santo le habla al Padre o al Hijo.

Además, considere lo siguiente: Sabemos que Dios nos ama mucho porque envió a su Hijo unigénito a morir por nuestros pecados. Sabemos que Jesucristo nos ama mucho porque Él vino a la tierra a morir por nosotros. Pero, si el Espíritu Santo es un tercer individuo, no tenemos forma de saber que él nos ama porque él no dio su hijo ni se entregó a sí mismo. De hecho, él no dio nada por nosotros, por eso su amor es irreconocible. Tampoco hay versículos en la Biblia que hablen del amor que el Espíritu

Santo tiene por nosotros. Cuando Jesús habla del amor de Dios, Él siempre dirige a la gente al amor del Padre. Jesús les dijo a Sus discípulos, “Porque el Padre mismo os ama.” (Juan 16:27). Sin embargo, Jesús nunca explicó que el Espíritu Santo nos ama como si el Espíritu Santo fuera un tercer individuo distinto al Padre y al Hijo. Jesús dijo, “Y ésta es la vida eterna: Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.” (Juan 17:3). Si el Espíritu Santo es un tercer ser o persona separada de Dios y Cristo, entonces la vida eterna no depende en conocerle. La vida eterna solamente depende en nuestro conocimiento de Dios el Padre, y de su Hijo unigénito.

7. Conclusión

El don del Espíritu de Dios es uno de los más preciosos regalos que Dios nos ha dado. Para recibir los beneficios de este regalo como Dios desea, debemos reconocerlo por lo que es. El don del Espíritu de Dios es la impartición de su vida en nosotros, el medio por el cual Él y su Hijo pueden personalmente vivir en nuestros corazones. La gran bendición de la experiencia del Pentecostés es la recepción del Espíritu de Dios que viene a nosotros con el beneficio agregado del Espíritu del Hijo victorioso de Dios, que viene a habitar en nosotros para ayudarnos en nuestra lucha contra el pecado y la tentación. Satanás quiere que pensemos que Jesucristo no está en nosotros, y que en vez envía a otra persona en su lugar. Amigos, eso es una invención de Satanás diseñada específicamente para quitarnos nuestra esperanza de gloría. Pablo escribió, “A quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.” (Colosenses 1:27). Cristo

es omnipresente. Él dijo, “Porque donde están dos o tres reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos.” (Mateo 18:20).

No permitas que nadie quite de ti esta esperanza, este precioso regalo de Cristo en ti. Si un regalo no se reconoce, no se utilizará. Aprovecha al máximo el ministerio de Cristo en tu favor; permítele venir a tu corazón y hacer una obra que solo Él puede hacer. Invita a Cristo a tu corazón, y Él vendrá y traerá a su Padre consigo. Jesús hoy te dice, “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20). Déjalo entrar, y serás feliz de haberlo hecho. No te puedo describir cuan contento estoy desde que invite a Cristo a mi corazón. Aunque yo era un pecador muy malo, involucrado en muchas cosas malas, cuando le abrí la puerta de mi corazón entró gustosamente.

Amigo, no importa cuán malo pueda que seas, Jesús ha prometido que te aceptará si te acercas a Él. Él dijo, “al que a mí viene, yo no le echo fuera.” (Juan 6:37). Ven a Él ahora, acéptale como tu Salvador, y acepta el don de su Espíritu en tu vida para que te ayude cuando seas tentado. Nunca, nunca te arrepentirás de tomar esta decisión.

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[1] Cada vez que en la Biblia encuentre la frase, “Fantasma Santo” (*así traducen “Espíritu Santo” algunas Biblias en inglés), debería de haberse traducido “Espíritu Santo.” En ocasiones algunos traductores escogieron traducir =:6

[2] Apocalipsis 1:4 menciona “los siete Espíritus que están delante del trono [del Padre],” pero esto no se refiere a un individuo separado llamado “el Espíritu.” De ser así se estaría refiriendo a siete individuos. En Apocalipsis 3:1 se dice que Jesús tiene “los siete Espíritus de Dios,” mostrando que los siete Espíritus le pertenecen a Dios. El número siete era considerado un número perfecto, indicativo de plenitud. Los siete Espíritus de Dios pueden representar la manifestación completa del Espíritu de Dios o posiblemente toda la hueste angélica. (Vea el libro titulado, Answering Objections para más información).