Mi Amado - Capítulo 20 - Desposado por el Anciano de días

Publicado Dic 03, 2013 por Adrian Ebens En Mi Amado Aciertos: 837

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Mi capacidad para descansar plenamente en el amor de mi Salvador dependía, no sólo de las promesas que él me hacía, sino también de la aceptación y aprobación de su Padre. Durante mis años de estudio de las Escrituras, había aprendido que es durante el juicio que debería presentarme ante Dios y realmente conocer al Padre de mi Amado en el Lugar Santísimo.

Mi inquietud por conocer al Padre de mi Amado a menudo estaba oculta a los demás e incluso a mí mismo, pero se manifestaba de diversas maneras. Cada vez que caía en el pecado, me arrepentía, pero a veces también empezaba a flotar en un estado de negación. Mi profundo temor me llevó con más fuerza hacia el entretenimiento, la indulgencia y la auto-compasión.

Cuando comencé a estudiar la Biblia y a apreciar a mi Salvador, el camino hacia el Lugar Santísimo comenzó a tomar forma. Entonces me di cuenta de que, desde 1844, mi Amado había comenzado una obra especial de intercesión y juicio en el Lugar Santísimo.

Me consolaba el pensamiento de que Jesús me representaba ante el Padre. Incluso podía ver la evidencia de que el Padre me amaba. No obstante, la semilla sembrada por el tentador referente a la necesidad de respeto y aprobación a través de mis logros chocaba de frente con la realidad de este Ser en el trono que da vida y aliento a todo.

Mientras hubiera rastros de afecto en mi corazón por el ídolo del tentador, nunca podría estar delante del Creador y la Fuente de toda ley y sentir que podía descansar. Es por esto que la mayoría del mundo cristiano niega completamente que la obra del juicio se inició en 1844. Muchos cristianos no quieren conocer al Padre emocionalmente; sólo desean tener una imagen de quien piensan que es Jesús.

La única razón por la que querríamos entrar al Lugar Santísimo es porque realmente amamos a nuestro Salvador. Como Ester, podemos decir:

 

Ve y reúne a todos los judíos que se hallan en Susa, y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis en tres días, noche y día; yo también con mis doncellas ayunaré igualmente, y entonces entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca. Ester 4:16.

Nuestro dulce Amado nos prepara para hacerle cara a lo que sea que hayamos de enfrentar con el fin de que nos aferremos a él. La otra cosa sorprendente acerca de nuestra capacidad para acercarnos al Padre en el Lugar Santísimo es que sólo cuando en verdad amamos a Jesús, conoceremos realmente el corazón del Padre y su amor por nosotros. El proceso entero es a toda prueba.

Cuando Elías[1] vino a mí y me mostró la clara diferencia entre la trinidad y el Padre y el Hijo, vi que el personaje llamado el Padre en la trinidad era realmente inalcanzable con mi corazón. Él no era en verdad el Padre de Jesús, y por lo tanto en realidad no dio a su Hijo. Cuando dijo las palabras: “Tú eres mi Hijo amado”, parte de mí se regocijó, pero otra parte tácita sintió que esta no era la realidad más profunda.

Mientras contemplaba al verdadero Hijo de Dios, me abrió un camino para acercarme al Padre; su forma de acercarse al Padre se convirtió en la piedra angular de mi acercamiento. El amor del Padre por su Hijo llegó a ser la piedra angular de su amor por mí. Sólo en esta relación verdadera entre el Padre y el Hijo, podía yo saber que el Padre verdaderamente me amaba y me aceptaba.

Sólo a través del principio de la herencia podría yo consolarme con las palabras:

 El que me ha visto a mí, ha visto al Padre, Juan 14:09.

Al contemplar la exacta semejanza entre mi Amado y su Padre mi corazón se armó de valor con la promesa:


Para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado. Efesios 1:6.

Había leído estas palabras muchas veces, me había dicho a mí mismo que las creía, y me aferraba a ellas. No obstante, a menudo encontré que me deslizaba alejándome del Lugar Santísimo hacia otro camino. Si Elías no hubiese revelado mi amor secreto por el yo por medio de la perversión de la trinidad, nunca me habría sentido con confianza para acercarme al Padre de mi Amado.

Muchos miembros de la iglesia ya han abandonado este proceso de acercarse al Padre en el lugar Santísimo. Proclaman que “Jesús se hizo cargo de mi juicio”, o que 1844 no es más que una pequeña ceremonia significativa para aplicar los beneficios de la expiación y revelar al universo lo que Dios ya sabía. Todo esto comprueba la realidad de que tales corazones humanos no van a renunciar a la semilla de la serpiente; una semilla que niega la verdad de que el Padre es la gran fuente de todo.

Ninguna de estas estratagemas teológicas elimina la realidad de que necesitamos un verdadero sentido de aceptación por parte del Padre del novio. Sólo la realidad de un Padre dando a su único Hijo por nuestros pecados puede sujetar al alma lo suficiente para soportar la experiencia del Lugar Santísimo.


En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. (10) En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. 1 Juan 4:9-10.

Ante el gran juez del universo, cualquier realidad paralela que lleve a la idea de que Dios es realmente tres seres co-eternos eliminará la realidad fundamental de que Dios dio a su Hijo porque nos ama. Un don metafórico implica una aceptación metafórica que queda completamente expuesta bajo el escrutinio del juicio.

Para el alma que ha encontrado gozo en el Hijo unigénito, los pasos del Padre hacia el trono del juicio en el cielo son pasos verdaderos. Para el que se ama a sí mismo, éstos son otra metáfora del gran amor del dios trinitario proyectado sobre las almas de la humanidad para proveer una fuente de esperanza. A menudo, la mente trinitaria requiere hacer de los pasos del Padre hacia el Lugar Santísimo algo metafórico porque los pasos reales hacia el juicio son demasiado aterradores de contemplar.

Para los que han fijado la mirada largo tiempo en los ojos de nuestro Salvador, los pasos del Padre muestran su anhelo de desposar a su Hijo con la novia. El proceso del juicio revela a aquellos que aman verdaderamente a su Hijo y por lo tanto, a quienes puede sellar para que vivan con él para siempre. Sólo aquellos que realmente conocen al Padre a través del Hijo van a encontrar el lugar secreto del Altísimo.

No hay por qué temer el juicio de Dios. El anhela revelarnos su amorosa aceptación. La clave está simplemente en reconocer quiénes son él y su Hijo, y en ese reconocimiento tenemos la vida eterna.

 

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Juan 17:3.

¿No deberíamos pues acercarnos confiadamente al trono de la gracia sabiendo que todas nuestras necesidades serán suplidas y que el Padre realmente aprueba nuestro amor por su Hijo?

 



[1] Al decir que Elías vino a mí, quise decir el mensaje de Elías, el cual hace una clara distinción entre el Padre y el Hijo, y la Trinidad.