Descubriendo la cruz - 5 - Segunda lección de Jesús sobre la cruz

Publicado Feb 19, 2013 por Robert J. Wieland En El precioso mensaje de 1888 Aciertos: 1,014

Pedro debió sentirse acongojado al reflexionar sobre su conducta. De hecho, había osado reprender a su Maestro, incluso le había puesto sus manos encima, como si se tratara de otro pescador cualquiera a quien era necesario hacer entrar en razón.

Un grupo estupefacto y profundamente impresionado de personas oía por primera vez a Jesús exponiendo claramente la ley del reino de los cielos. Aquí encontramos la verdadera esencia de lo que significa seguir a Cristo:

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará’” (Mat. 16:24 y 25). Es como si, en efecto, hubiera dicho: ‘Os sorprende que yo, el Hijo de Dios, tenga que ir a la cruz y morir. No sólo eso, sino que vosotros mismos, cada uno de vosotros, si verdaderamente me seguís, os habréis de someter a la muerte sobre esa cruz conmigo’. Eso nos incluye a todos. ¡La ley de la cruz se aplica por igual a todos nosotros!

“El que quiera”, nos incluye a todos

Ni siquiera Dios estuvo exento. ¡Cuánto menos el hombre! En la eternidad insondable, antes que existiera el pecado, el Padre y el Hijo tomaron un acuerdo solemne según el cual, si el hombre pecaba, el Padre entregaría a su Hijo, y el Hijo se entregaría a sí mismo a fin de salvar al universo de la ruina del amor al yo, de buscar el interés propio.

Finalmente, Dios compartiría su trono con todos los que eligiesen aceptar la cruz de Cristo. Para él se trataba de arriesgarlo TODO en una dramática expresión de su amor, revelando profundidades y alturas de él no imaginadas hasta entonces, ni siquiera por los seres creados que nunca pecaron. Se trataba de la cruz de Dios.

Quienquiera seas, si sigues a Jesús, tomarás tu cruz. No hay necesidad alguna de que te hagas sacerdote, monje, obispo, pastor, misionero, ni siquiera dirigente religioso, anciano o diácono en tu congregación, a fin de quedar incluido en ese “el que quiera” que de otra manera, habría de perder “su vida”. La semilla que procura salvar su vida, la pierde; sólo aquélla que muere en la tierra lleva mucho fruto. Ahí está la esencia y principio sobre los que se funda mi reino, dice Jesús.

No es maravilla que al surgir el pecado en desafío hacia el gobierno de Dios, centrara su ataque en ese principio de la entrega del yo en la cruz. En la guerra que siguió, el amor divino no diseñó otro camino para vencer, excepto precisamente el camino de la cruz. El amor supremo lo dispuso así debido a que constituye la perfecta expresión de su carácter. El Hijo de Dios no tomaría ningún otro camino que no fuese la entrega y sometimiento a la cruz.

Allí donde el amor genuino (ágape) se enfrente al problema del pecado, se erguirá una cruz en la cual queda crucificado el yo. Ninguna decisión del Padre podía igualar la de entregar a su Hijo unigénito. “Tanto amó Dios al mundo”. Hasta ese punto.

En la eternidad insondable, el Cristo eternamente preexistente selló ese pacto según el cual vendría a ser el Cordero de Dios. Dado que su corazón era la despensa infinita del amor en su esencia más pura, escogió ese camino. Así, tu Salvador fue el “Cordero que fue muerto desde la creación del mundo” (Apoc. 13:8).

Cuando hace hoy morada en el corazón de alguien, el amor divino toma el mismo camino al enfrentarse al problema del pecado. El principio que conduce a la victoria es el mismo, sea el Creador quien contiende contra el pecado, o seamos tú y yo.

El niño Jesús descubre la cruz

La verdad de la cruz queda maravillosamente ilustrada en la experiencia de Jesús viniendo a esta tierra. Aunque era plenamente humano, “tentado en todo según nuestra semejanza”, su corazón estaba libre de pecado; era puro. En ese preciso estado permaneció siempre –maravilla de maravillas– la despensa del amor (ágape). En ese respecto, difería de cualquier otro ser humano que haya nacido en este mundo. Él fue el único que no conoció pecado, que no cedió nunca al egoísmo en ninguna forma, a pesar de que la tentación a la indulgencia del yo fue para él tan real como lo es para cada uno de nosotros.

No obstante, no debemos suponer que en su niñez en esta tierra, a su memoria consciente le asistiese ningún recuerdo de su preexistencia. Como el auténtico bebé que era en los brazos de su madre, en aquel establo de Belén, no poseía inteligencia consciente más allá de la que tienen los recién nacidos. No podía apreciar la adoración de los pastores ni de los magos de Oriente más de lo que hubiera podido hacer otro bebé en sus condiciones. En su niñez en Nazaret, ¿maravilló a José y María con impresionantes relatos de las glorias del cielo que conoció en su preexistencia allí? ¿deleitó a sus compañeros de juego con revelaciones de su anterior puesto como Comandante de las huestes angélicas, tal como hace el niño con la fortuna de haber sido educado en la gran ciudad, al informar a sus rústicos compañeros del pueblecito que visita después?

No. Como niño, Jesús aprendía sabiduría tal como nosotros la hemos de aprender. “Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Luc. 2:40 y 52). Lo sorprendente en Jesús es su nacimiento, Dios hecho carne, sujeto a las leyes humanas del crecimiento mental y físico tal como lo estamos nosotros, “pero sin pecado”. Ciertamente no nació con una memoria milagrosa de su preexistencia divina. Todas esas divinas prerrogativas las había depuesto voluntariamente.

Doce años: edad clave

Cuando el niño o la niña alcanzan esa edad, su mente es ya capaz de albergar los más profundos pensamientos. Se formaron ya sus esquemas de la toma de decisiones, que influirán en el curso de toda su vida posterior.

Jesús tenía doce años al acudir por primera vez a la fiesta nacional de su pueblo conocida como la Pascua. Por vez primera contemplaba el tan renombrado templo y observaba a los sacerdotes vestidos de blanco depositando la víctima sacrificial ensangrentada sobre el altar. En actitud de reverente escudriñamiento, su tierna mente captó el extraño simbolismo de esa ofrenda de un cordero inocente. Nadie podía explicarle lo que significaba, ni siquiera los propios sacerdotes, quienes musitaban frases y efectuaban rituales cuyo significado les era oculto a ellos mismos. Durante cuatro mil años, los siervos de Dios habían ofrecido la sangre de inocentes animales como expiación por el pecado. Nadie tenía respuesta a los “porqué” de su joven mente. No había “carne ni sangre” capaz de revelarle el misterio del sangriento sacrificio. ¿Es posible que “la sangre de los toros y de los machos cabríos” –debió preguntarse Jesús– quite el pecado?

Repetición, en la tierra, de una oración pronunciada en el cielo

Hasta en su niñez tuvo Jesús que caminar en la soledad. Se apartaba de la conversación frívola y de los juegos vanos de sus compañeros. Ni siquiera papá y mamá en la tierra podían ayudarle. Solo y en silencio, meditaba absorto en esa escena de la sangre derramada que tan profundamente le había impresionado. Pablo nos refiere lo que ocurrió en su mente al llegar a comprender que la sangre de los machos cabríos, becerros y corderos no podía expiar el pecado del hombre. No sólo en el cielo, antes de venir a nacer en esta tierra, sino también postrado de rodillas, en los tiernos años de su humanidad, hizo una determinación y comprometió su corazón según el pacto que había hecho en el cielo:

“Por lo cual, entrando en el mundo dice: ‘Sacrificio y ofrenda no quisiste, mas me diste un cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron’. Entonces dije: ‘He aquí vengo, Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí’” (Heb. 10:5 al 7).

Es como si hubiera orado así: ‘Padre, ¡tú no necesitas todo ese torrente de sangre de animales! No te complaces en ello, puesto que todos los sacrificios juntos no pueden limpiar de pecado ni siquiera un solo corazón humano. Pero me has hecho lo que soy, ¡me has dado un cuerpo que puedo entregar! Poseo sangre que puedo derramar. Heme aquí, Padre, ¡permite que sea el Cordero de Dios! Moriré por los pecados del mundo. Mi sangre será la expiación. Seré ese “Siervo sufriente” señalado por Isaías, sobre el que el Señor ponga la iniquidad de “todos nosotros”. Déjame ser herido por las transgresiones de los hombres, molido por sus iniquidades. Permite que por mi llaga sean sanados. ¡Aquí estoy, para hacer tu voluntad, oh Dios mío!’

Pablo añade que Jesús quitó las ofrendas simbólicas del Antiguo Testamento y en su lugar estableció la ofrenda real de sí mismo:?“Y diciendo luego: ‘He aquí, vengo, Dios, para hacer tu voluntad’, quita lo primero para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Heb. 10:9 y 10).

El profundo amor (ágape) de un niño

Ninguna memoria de su preexistencia podía interpretar para Jesús el solemne significado de ese misterioso servicio de Pascua. No le era dado recordar aquel trascendente pacto hecho con el Padre eterno antes que el mundo fuera, aquel “consejo de paz entre los dos” (Zac. 6:13), cuando el Hijo se ofreció como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Su mente juvenil, su mente pura e incontaminada, discernía gradualmente el significado de lo que contemplaba.

Se persuadió de que esos corderos y sacrificios eran “incapaces de hacer perfecto, en su conciencia, al adorador”

(Heb. 9:9), y de que “la ley es sólo una sombra de los bienes venideros, no las realidades mismas. Por eso nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen de continuo cada año, dar la perfección a los que se allegan” (Heb. 10:1).

Esto es la sombra o símbolo, razonó. Alguien inocente, sin pecado, santo y libre de contaminación ha de morir como Cordero de Dios, si es que han de ser alcanzados los corazones humanos. Un auténtico y divino sacrificio ha de poner fin de una vez a la vana repetición de los tipos y sombras que lo simbolizan.

Tal conclusión se les había escapado a los sacerdotes y a los instruidos del pueblo de Israel por milenios. Ahora, aquello que otros habían presenciado innumerables veces “sin discernir el cuerpo del Señor”, lo contemplaba un niño de doce años, discerniéndolo. En su alma juvenil surge esa fuerza irresistible de la firme determinación. Esas pobres almas, procurando en vano la salvación mediante esfuerzos humanos, no habían de ser abandonadas a lo que probaría finalmente no ser más que una quimera sin esperanza. Se ofrecería él mismo en sacrificio. “Esperamos justicia, y no la hay; salvación, y se alejó de nosotros”. El muchacho de doce años “lo vio, y le desagradó, porque pereció el derecho. El Señor vio que no había hombre, y se maravilló que no hubiera quien intercediese. Y lo salvó su brazo, lo afirmó su propia justicia” (Isa. 59:11, 15 y 16). “Cristo... por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Heb. 9:14). ¡Contempla ese amor desbordante! Morando en carne humana, un joven en sus años tiernos, que desconoce su pasado –excepto por la fe en la Palabra Escrita–, toma la misma determinación que tomó como Comandante supremo de las huestes celestiales en aquel concilio, antes que el mundo fuera. Elige el camino de la cruz.

El único camino que permite la salvación de nuestra vida

Cuando el amor (ágape) de Dios está vertido en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo que nos es dado, escogemos el camino de la cruz tan prestamente como lo hizo el Hijo de Dios en aquel concilio celestial, y de nuevo siendo un niño de doce años en el templo de Jerusalem. Invariablemente, sea en el corazón del Hijo de Dios, o en el del pecador arrepentido, significa resurrección (la cual forma parte del principio tanto como la crucifixión). Hay ahí buenas nuevas de gran gozo: “El que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25).

La cruz de Cristo es también la cruz en la que morimos con Cristo tú y yo, tal como hizo el ladrón arrepentido.?En el Calvario había una tercera cruz, pero no hubo en ella redención para el ladrón impenitente que murió sobre ella. Se vio atrapado en un sufrimiento y muerte a los que nunca se sometió. En total rebeldía, maldijo su suerte y maldijo a Dios amargamente, y pereció. ¿Nos rebelaremos contra el principio de la cruz, siguiéndole hacia las tinieblas eternas?

Nuestra cruz se convierte en “ligera” al contemplar esa cruz en la que murió nuestro divino Ejemplo. “Mi yugo es fácil”, te dice el Crucificado. Al comprender su cruz somos capacitados para llevar la nuestra con gozo.

Al contemplar la magna cruz
donde murio? el Pri?ncipe de gloria,
doy por pe?rdida mis ma?s caras posesiones, y aborrezco mi orgullo.
Si pudiese ofrecerle el mundo entero, seri?a para e?l un tributo demasiado pequen?o.

Un amor tan sublime, tan divino, demanda mi vida, mi alma, mi todo.

Isaac Watts