Descubriendo la cruz -12 - La cruz y la perfecta semejanza a Cristo

Publicado Feb 19, 2013 por Robert J. Wieland En El precioso mensaje de 1888 Aciertos: 951

Las palabras de encomio que Jesús dedicó al acto de María se encuentran entre las más categóricas que pronunció jamás en ese sentido. “Ha hecho lo que podía”, dijo, dando a entender que no cabía hacerlo mejor. La expresión está impregnada del mismo sentido de aprobación que esta otra: “Bien, buen siervo y fiel”.

Esa alabanza dirigida a María, la convierte en un modelo para todo cristiano:?Su experiencia de amor penitente es el perfecto reflejo del sacrificio de Cristo en la cruz.

Con la fidelidad de un negativo fotográfico, su amor penitente era un reflejo exacto del amor de Cristo por el mundo. ¡Qué maravilloso, el que Jesús pudiera al fin encontrar a alguien a quien presentar como ejemplo de lo que él moriría por realizar!

Fue su comprensión de la cruz lo que permitió a María anticiparse a ungir el cuerpo de Jesús para la sepultura.?La “buena obra” de María consistió en “discernir el cuerpo del Señor”, eso mismo que el apóstol Pablo presenta como de vital importancia, a fin de que podamos participar dignamente en la Cena del Señor (1 Cor. 11:29).

Eso significa que el discernimiento de la cruz que tuvo María fue lo que hizo que Jesús la presentase como un modelo de la verdadera experiencia cristiana. “Dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para memoria de ella”.

Cuando uno comienza a comprender la cruz, comienza en ello a comprenderse a sí mismo. María jamás habría llegado a hacer todo “lo que podía”, de no haber comprendido primeramente la verdad sobre sí misma. Aprendió a no tener un elevado concepto de su persona. Dispuesta a reconocer la triste realidad de su caso a fin de encontrar al Salvador, no resistió la convicción de estar poseída por “siete demonios”. Comprendió cuán ofensivo es el pecado, al oír cómo Jesús reprendía por siete veces a los demonios bajo cuyo control había estado su mente y corazón. Quien había caído más bajo en la transgresión, vino a ser el más noble ejemplo de cristianismo, tras reconocerse “el primero de los pecadores”. Pudo apreciar lo que significaba haber sido salva del infierno, tras haber vivido en él.

¡Nosotros no!

No creemos estar poseídos por tantos demonios como María. Y ello hace que nos sintamos inclinados a arrojar la primera piedra del desdén hacia su acto de arrepentimiento, negándole su condición de modelo para todo cristiano. Muchos cristianos respetables consideran el arrepentimiento de María como la norma solamente para prostitutas, publicanos y criminales. Un tipo de arrepentimiento mucho más formal y mesurado parece el adecuado para quienes no cometieron grandes pecados. Creen que necesitan sólo una pequeña fracción del profundo y abarcante arrepentimiento de María.

De forma superficial parecería que Jesús reconoce verdaderamente grandes diferencias entre las dimensiones del arrepentimiento que deben experimentar unos y otros. La ilustración que propone a Simón pone en contraste a quien debía 50 denarios, con aquél que debía 500. Se diría que algunos necesitan arrepentirse sólo una décima parte de lo que otros lo necesitan...

Pero no perdamos de vista el objetivo de la parábola usada por Jesús. No era su intención enseñar que los dos deudores debieran sentir un grado diferente de agradecimiento. Ambos eran incapaces de pagar, y ambos estaban eterna e infinitamente en deuda por haber sido perdonados. Ambos debieran, pues, mostrar un arrepentimiento infinito. Cuando la Biblia afirma que “todos pecaron”, significa que todos pecaron igualmente (Rom. 3:23). El pecado de los pecados, la raíz de todo pecado, es el amor hacia uno mismo (egoísmo), la frialdad del corazón, la incredulidad. Sólo a la luz de la cruz se puede desenmascarar la magnitud de su pecaminosidad. Todos nosotros debemos 500 denarios. Nuestro problema es sencillamente que, como le sucedía a Simón, no nos hemos dado cuenta de ello. Es la razón por la que amamos tan poco, y por la que nuestra devoción es tan tibia.

De entre todos los problemas a los que Dios ha debido enfrentarse en todas las edades, ninguno ha sido tan difícil como el de la tibieza de la iglesia del último tiempo, Laodicea. El Dragón no podía haber inventado un arma más efectiva para vencer a la iglesia de Cristo de los últimos días (ver Apoc. 12:17). De no ser por la genialidad verdaderamente infinita del amor, bien pudiera parecer imposible para Dios mismo el ganar esa batalla. ¡Cuán preferible debe ser una guerra “caliente” que una “tibia”!

Pero los recursos de su amor bastan para asegurar la victoria. Sus elegidos resultarán también librados de esa tentación casi irresistible.?Alguien puede preguntarse cuál es la base para sentirse tan

Esperanzados

El propio relato de María y Simón provee esa seguridad. Por desesperado que pareciese el caso de María, poseída como había estado por siete demonios, la situación de Simón era aún peor. Él era un pecador mayor de lo que jamás lo fue María. La ceguera de Simón a su propia necesidad hacía que se sintiera complacido, y en una situación de superioridad. Cuán fácilmente habría podido Cristo hacer lo que tan a menudo estamos inclinados a hacer: abandonar a Simón a sus propias tinieblas.

Pero no hizo así. Habiendo empleado todo esfuerzo para salvar a María, no dedicó menos a salvar a Simón de las garras de un orgulloso y frío corazón que estuvo a punto de sellar su destino eterno. Aún mayor que el milagro de echar fuera los siete demonios de María, fue su ministerio efectivo en favor del engreído aristócrata.

Simón se veía ahora en una nueva luz. Comprendió lo que había hecho a María. (La convicción de que fue precisamente Simón quien había arruinado la vida de María, ha sido sostenida desde hace siglos por devotos estudiantes de la Biblia. La parábola propuesta por Jesús, relacionándolo con María, lo sitúa como el deudor que debía los 500 denarios, y apoya tal interpretación). Cristo pudo haberlo aplastado mediante el ridículo y la condenación, pero su tacto y sensibilidad al mostrarle la verdad ganaron su corazón. La evidencia nos hace creer que un tal amor divino no le fue otorgado en vano.

¡Cuánto necesitamos hoy al que obró tan grandes milagros en Betania!

El amor de María y la “perfecta” experiencia cristiana

Habiendo visto que el profundo arrepentimiento de María es verdaderamente lo preceptivo en cada caso, el modelo para todo cristiano, consideremos ahora la forma en la que el amor que le condujo a su arrepentimiento fue el correspondiente a un cristiano modélico. El despertar en el corazón humano un amor tal es el gran objetivo de Cristo en su ofrenda del Calvario. La cruz satisfizo todas las demandas legales de una ley quebrantada, pero obró también milagros en los corazones humanos.

Rara vez se ha discernido con claridad esa gloria de la cruz. Demasiado a menudo el concepto que se tiene del sacrificio del Calvario es el de una maniobra judicial que responde a la divina sed de venganza, el de una penalidad pagada de forma vicaria, algo así como una ofrenda hecha con el objeto de aplacar la ira de un Dios ofendido, o bien satisfacer su fría e implacable demanda de justicia. La cruz es vista como una tormenta espiritual en la que los rayos que la ira divina tenía reservados para el pecador, caen inofensivamente sobre la tierra.

Dios es entonces malinterpretado como siendo un Juez ofendido que encuentra satisfacción a su necesidad de venganza en las crueldades infligidas a su Hijo en el Calvario. Mediante el sufrimiento “vicario” del Hijo, puede el Padre perdonar a quienes se aplican las provisiones legales de una extraña transacción llamada “expiación”. Los intentos por explicar un procedimiento con tal carga de legalismo, suelen requerir una terminología inusualmente compleja.

No es maravilla que la doctrina de la expiación, al ser presentada de ese modo, deje indiferentes a muchos. No despierta la gratitud, la contrición y el amor. Solamente una sensación de seguridad personal, muy semejante al alivio que uno siente tras haber firmado por fin la póliza de seguros destinada a protegernos de algún riesgo.

Un concepto así es absolutamente incapaz de inspirar un amor sublime como el que motivó a María. Todo cuanto puede producir es una mediocre y tibia devoción, en el mejor de los casos. Lo que se necesita para reproducir en cada creyente la intensa devoción que caracterizó a María, es permitir que brille la verdad de la cruz en las oscuras habitaciones de nuestro corazón:

- María no es una persona aislada: representa a la iglesia.

- No hay diferencia entre su naturaleza humana y la ?nuestra.

- Dada su comprensión de la cruz, está a nuestro alcance ?conocer en su plenitud las dimensiones de su gratitud y ?amor.

- El evangelio no ha perdido nada de su poder. Liberado de ?la confusión del error, cumplirá de nuevo en millones de corazones humanos la misma gloriosa obra que realizó en el corazón de María.

Esa promesa se descubre en la sorprendente profecía de Apocalipsis 18:1-4, en la que un ángel desciende del cielo para iluminar la tierra con su gloria, y una voz celestial que penetra hasta lo más interior de las conciencias de cada ser humano, dice: “Salid de ella [Babilonia], pueblo mío”. ?

“Santos” airados" ?

Pero un amor tan intenso como ese ha de sufrir la airada oposición de los “santos”. El drama de Betania ilustra el constante conflicto secular. Al despreciar el amor de María, los discípulos se estaban sumando al mundo en su desprecio por el fervor en el servicio a Cristo. Si Cristo no hubiese intervenido personalmente, María habría acabado desfraternizada.

Hasta el día de hoy, sigue resultando demasiado fácil para los modernos discípulos de Cristo el caer en el mismo esquema de condenación de la experiencia cristiana modélica. Allí donde aparezca una devoción inusual hacia Cristo, un amor inusual, una contrición inusual, una visión espiritual inusual, surge invariablemente alguien (como sucedió con Judas) que lo repudia, señalándolo como fanatismo. Nunca faltan quienes asienten con el primero en su indignación: la contrapartida actual a los “once” ciegos seguidores de Judas. “No seas demasiado justo... no seas demasiado malo” (Ecl. 7:16,17). Ese texto ha sido erróneamente citado e interpretado, hasta el punto de que el mundo ha resultado animado por la iglesia a no ver el mal como malo ni el bien como bueno, y a ver la devoción ferviente como menos recomendable que un compromiso a medio camino. Los alcohólicos, maleantes y prostitutas son implacablemente condenados, situándolos en la misma categoría que aquéllos cuya ardiente devoción los mueve, tal como sucedió con María, a una expresión que se aparta de las normas rutinarias.

Los doce discípulos en Betania participaron del mismo espíritu mundano al condenar como fanático ese amor que Jesús aceptó como el verdadero modelo para sus seguidores. En estos postreros días, ¿no sería el colmo de las tragedias el que cayéramos en el mismo error de condenar como fanatismo la devoción del corazón que deriva de comprender y apreciar el amor de Cristo derramado en la cruz?

La nobleza del sacrificio de María constituye

La experiencia cristiana modélica

La “buena obra” de María hacia el Salvador fue algo muy distinto a una obra “útil”, en el sentido de meritoria. El término griego empleado (kalos) denota belleza y nobleza, algo de exquisita cualidad moral.?¿En que consistió la excelencia de la acción de María? En su motivación, absolutamente ajena a cualquier expectativa de recompensa. Lo había sacrificado todo para adquirir aquel frasco de alabastro con el perfume, sin estar movida por deseo alguno de recibir la alabanza o aprobación del Salvador. Ningún interés egoísta por el reconocimiento de su acto manchó la pureza y fervor de su devoción. El amor que la movió a la acción superó a la fe y a la esperanza, demostrando en ello que verdaderamente “el mayor de ellos es el amor” (1 Cor. 13:13).

Al respecto, María constituye el cristiano modelo. La devoción por Cristo no puede brillar en su plenitud y pureza cuando la motivación subyacente es el temor al castigo o la esperanza de recompensa. Si le servimos movidos por aquello que queremos conseguir, o con la intención de escapar al castigo, somos legalistas en su más pura esencia. De hecho, estar “bajo la ley” es obedecer a la compulsión de la búsqueda del propio beneficio, aún si la recompensa se encuentra más allá de esta vida. “Si por la Ley viniera la justicia, entonces en vano murió Cristo” (Gál. 2:21).

Esta es la convicción de Pablo, expresada en lenguaje actual: ‘si la auténtica fidelidad y bondad pueden ser inducidas por el interés de recompensa o por el temor al castigo, entonces la cruz del Calvario está de más’. “No desecho la gracia de Dios”, insiste. La Cruz, o bien lo es todo, o ¡no es nada! La fe no es una escalera para escapar del incendio, no es un plan de seguridad social glorificado, que apela al egoísmo natural del alma humana para adherirse a él.

El principio de la cruz nada tiene que ver con una buena transacción, con un negocio inteligente, en el que calculamos la conveniencia de sacrificar algo (la felicidad presente) de valor inferior a lo que esperamos obtener en un futuro. No es nada parecido a una ganga a largo plazo. Las Escrituras no presentan la salvación como una expectativa de beneficios mediante el negocio de la “fe”. La salvación es ciertamente un bien, un bien infinito, una tremenda ganancia más allá de todo posible cálculo; pero la fe, profetizando sólo “en parte”, tiene sus ojos cerrados a medida que se dirige a la cruz, y sólo el amor (ágape) nos permite ver más allá de las tinieblas actuales (1 Cor. 13:9-13).?Todos hemos de ser probados más tarde o más temprano, a fin de determinar si nuestra fe es meramente una búsqueda de la satisfacción del yo. En la hora de prueba final, sólo el amor asumirá el liderazgo, y tanto la fe como la esperanza le serán subordinados. En verdad, “el mayor de ellos es el amor”.

Permitamos que la gracia efectúe su obra perfecta. ¡Estemos preparados para la prueba final!

La finalización de la obra del evangelio en todo el mundo

Sólo un amor como el de María permitirá la superación del mayor problema al que se enfrenta la iglesia: la tarea de proclamar el evangelio a todo el mundo de forma que todos sean conscientes de sus demandas, emplazándolos en la necesidad de hacer una elección inteligente en cuanto a creerlo, o a rechazarlo. Esa obra ha de ser completada antes que tenga lugar el esperado retorno de Jesús. “Y será predicado este evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin” (Mat. 24:14).

Personas sinceras han luchado por generaciones con el problema. A pesar de los mejores esfuerzos de todas las iglesias, lo cierto es que cada generación que pasa deja una mayor obra por efectuar. Al ritmo actual de progreso de la obra, nacen muchas más almas de las que pueden alcanzar los esfuerzos combinados de todas las iglesias por presentarles un conocimiento convincente del evangelio.

Es pues comprensible que hombres sinceros se hayan esforzado por descubrir formas y maneras de acelerar esa obra divinamente señalada. Ha habido comités que han diseñado toda clase de campañas y programas, apoyándose en la mejor y última tecnología disponible, incluyendo la radio, televisión, satélite y por supuesto, Internet.

¿Pudiera ser que el sacrificio de María nos estuviera señalando el método que va a ser por fin eficaz? Hay varias lecciones que podemos hoy aprender:

1. La originalidad del método. Nos maravilla aún hoy. Fue absolutamente inusual. ¿A quién se le podría haber ocurrido acelerar la obra del evangelio a base de traer “un frasco de alabastro de perfume... preciosísimo” y derramarlo sobre los pies de Jesús, para después, en tímida confusión, lavar sus pies con lágrimas y secarlos con lo que hubiera más a mano (sus largos cabellos)? ¡Qué irreflexiva y descuidada! ¡no haber hecho provisión de una toalla!

Los que la criticaban juzgaron que había actuado torpemente. Ningún comité de frío corazón imaginó jamás una “buena obra” como la realizada por María. Apreciamos aquí la ingenuidad del verdadero amor, inagotable en recursos. Sólo el corazón arrepentido puede albergar un amor contrito capaz de imaginar las nuevas formas y maneras que logren finalizar la obra de Cristo en la tierra. Ese evangelio del que Jesús habló al ensalzar el acto de María, no puede ser predicado al mundo entero, privado del genio inventivo de su amor. Los estériles intentos formalistas son la compañía inseparable de la tibieza, y el extremismo irreflexivo y fanático es la otra cara de la misma moneda: la moneda del egocentrismo. Por contraste, el corazón contrito es el compañero inseparable del amor fructífero. Funcionará. Y una vez puesto en marcha, la obra será pronto terminada.

2. El carácter profético del amor de María. Los discípulos habían recibido cumplida instrucción a propósito de cómo se aproximaba el Salvador a su muerte y entierro, pero eran incapaces de asimilar la realidad del hecho. Sólo María llegó a discernir el significado de lo que estaba por ocurrir. Con una intuición mucho más profunda que la de cualquiera de los doce, descifró el futuro. Instruida por el infalible impulso del amor, se había “anticipado a ungir [su] cuerpo para la sepultura”. Como apuntó Alexander Bruce, estamos ante la presciencia que caracteriza al amor divino.

En el ejercicio de esa apreciación profética, ¿representa María a la iglesia, o sólo a unos pocos individuos en ella? ¿Es la voluntad del Señor que a cada uno le sea finalmente impartida una apreciación como la de María?

El Antiguo Testamento contiene una inspirada oración, que está aún pendiente de respuesta. Setenta hombres elegidos de Israel fueron congregados alrededor del tabernáculo a fin de compartir el don profético que fuera otorgado al fatigado Moisés. El Señor “tomó del espíritu que estaba en él, y lo puso en los setenta hombres ancianos. Y en cuanto se posó en ellos el espíritu, profetizaron”.

Entonces sucedió algo que no estaba previsto. Dos hombres que no estaban reunidos con el grupo oficial recibieron también el mismo espíritu, “y profetizaron en el campamento”. Un mensajero excitado corrió a informar a Moisés y a Josué de esa irregularidad, de esa circunstancia extraoficial. Josué reaccionó con indignación: “Señor mío, Moisés, no se lo permitas”.

Pero Moisés tenía una comprensión más profunda del alcance de ese don profético prometido a la iglesia: “¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo de Jehová fuera profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos” (Núm. 11:24-29). Joel añade que en los últimos días el Señor derramará “su espíritu sobre todo ser humano” (2:28). El tan ansiado don del Espíritu será entonces restaurado en la iglesia.

Con total certeza, la experiencia de un amor como el de María extendiéndose en la iglesia, significará la reproducción de su vislumbre profética como fruto del amor. Cuando el perfecto amor eche fuera el temor, erradicará también la desunión. Todos los que participen de un mismo Espíritu, conocerán la infalible “unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efe. 4:3,4). Todos reconocerán la verdad debido a que es verdad, no debido a que un portavoz autoritario la reconoció en lugar de ellos, excusándolos así de la necesidad de discernimiento. La oración de Moisés será entonces contestada.

3. El poder del amor, paralizado por la tibieza. El amor habita en una cámara secreta del alma, accesible solamente a través del pasillo de la contrición. Y éste, a su vez, sólo puede ser accedido por el camino de la cruz, donde el yo está crucificado con Cristo.?Por lo tanto, la tibieza de Laodicea resulta ser un rechazo –sin duda inconsciente– del principio de la cruz.

Puesto que sólo el amor es capaz de esa penetrante visión profética, y dado que el amor resulta frustrado por la tibieza, los dones del Espíritu han de permanecer latentes y dormidos hasta que despierte el amor. La oración de Moisés indica que es el plan de Dios conducir a su pueblo “a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rom. 8:21). Entonces, cada “María” se “anticipará”, no ya a ungir su cuerpo para la sepultura, como supo hacer ella en su día, sino a prepararle una corona. El amor sabrá exactamente qué hacer, y sabrá hacerlo en el momento oportuno.

4. La ofrenda de María, y los cálculos de Judas. “¿Para qué este desperdicio de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios”. Todo cuanto Judas podía ver eran estadísticas. Nosotros también nos obsesionamos con ellas demasiado a menudo.

Pero no hay computadora capaz de evaluar en términos numéricos el amor de María. Todo intento por “digitalizarlo” revela una ignorancia sobre la naturaleza del mismo. El simple relato de Betania basta para condenar los intentos de medición del amor mediante hojas de cálculo. El amor trae su ofrenda con lágrimas, no con cifras y ratios.

En la terrible tensión de los eventos de los últimos días, la forma más segura de que la iglesia pierda su camino es sintiéndose satisfecha con evaluar su progreso según los métodos cuantitativos propios de la profana gestión empresarial, por el porcentaje de incremento numérico año tras año. Nuestro evangelismo ha de pasar por el corazón contrito que caracterizó a María. ¡Dios otorga el don! En la conmovedora historia de María obtenemos respuesta a una cuestión que ocupa el corazón de muchos.

5. ¿Qué es “justicia por la fe”? “Justicia”, o “rectitud”, no es nada que haya de causar perplejidad. Aunque no está a nuestro alcance el ver a Cristo en la carne, su representante en la tierra, el Espíritu Santo, imparte al alma humana un concepto vívido de ella. “Y cuando él [el Espíritu Santo] venga, convencerá al mundo... de justicia, por cuanto voy al Padre y no me veréis más” (Juan 16:8-10). La verdadera definición de “justicia” es semejanza con el carácter de Cristo.

El problema radica en cómo alcanzar ese ideal de justicia o rectitud. La Biblia afirma que el “cómo” es por el camino de la fe.?Ahora bien. ¿Qué es fe?

Las respuestas dadas a esa pregunta crucial son muchas y contrapuestas. Unos dicen una cosa, y otros, otra. ¡Si el Señor nos hubiera dicho en términos sencillos y comprensibles en qué consiste la fe! “Dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo”, el acto de amor de María proporcionará la verdadera comprensión de esa gran palabra: fe.

De forma ocasional, Jesús elogió cálidamente la fe de algunas personas a quienes sanó. Pero su elogio de la fe de María pone el sello de la perfección a la progresivamente más concreta definición de “fe”.

Había dicho al endurecido Simón, “sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho” (Luc. 7:47). Queda claro que María amó mucho debido a su reconocimiento de que le había sido perdonado mucho.

Sin embargo, probablemente sintió, como ha sucedido a muchos desde entonces, que le faltaba fe. ¿De qué serviría ese amor sencillo, de corazón contrito, sin la virtud superior de la fe, única que puede dar lugar a resultados, tales como mover montañas? Sin duda, María se sabía la última en el reino de los cielos.

Imagina su sorpresa cuando Jesús identificó su propia definición con la experiencia de corazón contrito de ella, al decirle: “Tu fe te ha salvado; ve en paz” (50).?No es con la fría mente, sino con el corazón contrito, como “se cree para justicia” (Rom. 10:10).

Sea lo que fuere la fe en su abarcante inclusión de toda virtud, incluyendo la confianza, el aferrarse a las promesas de Dios, el valor, la fidelidad o la convicción en las verdades doctrinales, tiene siempre un denominador común: la profunda y conmovida apreciación del amor de Cristo, revelado en el Calvario.?La fe es la respuesta humana al amor divino. ¡Tal es la lección que nos enseña el relato! Lo que “vale” es, por encima de todo, “la fe que obra por el amor” (Gál. 5:6).

Mira al Calvario. A menos que elijas pisotear a Cristo crucificado, a menos que te alistes con el gran rebelde crucificándolo de nuevo, tu sincero corazón responderá con la misma fe. Esa respuesta es algo tan seguro como la existencia del universo. ¡Dios ha empeñado la permanencia y honor de su trono en la certeza de ello!

¿Está naciendo en ti esa respuesta, luchando por manifestarse? Es gracias a “la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Rom. 12:3). Tal es la semilla que él implanta en todo corazón humano, incluyendo el tuyo. Si le permites enraizarse, si te abstienes de arrancarla o de asfixiarla hasta hacerla morir, te transformará en la persona que deseas ser. Hablando de su cruz, Cristo dice: “a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32). Te atrae activamente, toma repetidamente la iniciativa, persiste a pesar de tu resistencia, y a pesar de que te quedaste atrás.

Entrégate a él, y conocerás el milagro que obra la fe de un pecador arrepentido. Ese prodigio es la prenda que demuestra la veracidad de toda promesa divina, del cumplimiento de cada uno de tus sueños. Es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb. 11:1). Ríndete a Dios, y conocerás certeramente su realidad. La cruz te la reveló.

¡Quien me diera un corazón que te alabe! Un corazón libre del pecado,?Un corazón sensible a tu sangre derramada tan generosamente en mi favor. Un corazón con nuevos pensamientos, lleno del amor divino,?perfecto, puro, recto y fiel.?¡Un corazón que sea el reflejo del tuyo!

Charles Wesley